Cocaina
Descripción breve
La adicción a la cocaína es considerada un trastorno grave por consumo de sustancias. La cocaína es una droga estimulante altamente adictiva elaborada a partir de las hojas de la planta Erythroxylon coca. Su consumo puede darse por diversas vías, como inhalación, aplicación en las encías, inyección intravenosa o fumada en forma de crack.
La principal característica de la cocaína es la intensa estimulación que produce en el sistema nervioso central, lo que genera una sensación inmediata de euforia y aumenta la energía, el estado de alerta y la sensación de confianza. Sin embargo, estos efectos placenteros van acompañados de una alta capacidad adictiva, que puede derivar en graves consecuencias físicas, psicológicas y sociales, incluyendo sobredosis y el desarrollo de un trastorno grave por consumo de sustancias.
¿Cómo se produce?
La cocaína actúa en el cerebro bloqueando la recaptación de dopamina, neurotransmisor relacionado con el placer y la motivación. Lo que puede provocar una acumulación anormal de dopamina en los circuitos de recompensa, generando una sensación intensa de bienestar. El problema es que cuando el consumo es repetido en el tiempo, el cerebro acaba por adaptarse a estos niveles elevados lo que reduce su capacidad de experimentar placer de forma natural sin tener que llegar a esos niveles.
Con el tiempo aparece la tolerancia, lo que se traduce como la necesidad de mayores cantidades para lograr el mismo efecto placentero y a su vez también se producen cambios neurobiológicos en los sistemas de recompensa, estrés y toma de decisiones. Estas alteraciones explican la pérdida progresiva de control y la dificultad para dejar la sustancia, incluso cuando la persona es consciente del daño (Plan Nacional sobre Drogas, s. f.).
Es común que el consumo comience a convertirse en una forma de escapar de situaciones difíciles o incluso en un recurso para mejorar el estado de ánimo (Clínica Recal, 2026b). Sin embargo, a medida que la dependencia aumenta, la percepción de necesidad que experimenta la persona puede llegar a vincularse directamente con su funcionamiento cotidiano y con la idea de “normalidad”.
Al hablar de consumo crónico es importante mencionar que este puede llegar a provocar complicaciones graves, como trastorno por consumo de cocaína, alteraciones psiquiátricas, problemas cardiovasculares y riesgo de sobredosis, especialmente cuando la sustancia está adulterada.
Datos en España
Según el Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones y la encuesta EDADES 2022 (Plan Nacional sobre Drogas, Ministerio de Sanidad), la cocaína es una de las sustancias
ilícitas más consumidas en España. En la población de 15 a 64 años, el 11,7 % ha consumido cocaína en polvo alguna vez en la vida, el 2,3 % lo hizo en el último año y el 1,3 % en el último mes (Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones [OEDA], 2023).
En el caso de los adolescentes de 14 a 18 años, los datos de ESTUDES 2025 indican que el porcentaje de estudiantes que ha consumido cocaína alguna vez en la vida se mantiene en el 2,9 %. La edad media de inicio se sitúa en 14,7 años y el consumo es aproximadamente el doble en hombres que en mujeres (Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, 2025a, 2025b).
Estos datos sitúan a España entre los países europeos con mayor prevalencia de consumo de cocaína, según el Informe Europeo sobre Drogas (EMCDDA, 2023). Además, se estima que un porcentaje significativo de los consumidores desarrolla trastornos por consumo de sustancias, y el uso prolongado puede generar complicaciones cardiovasculares, neurológicas y psiquiátricas a largo plazo (European Union Drugs Agency [EUDA], 2023).
En cuanto al tratamiento, las intervenciones especializadas han mostrado eficacia, con tasas de éxito que oscilan aproximadamente entre el 30 % y el 50 %, dependiendo del tipo de abordaje terapéutico y del perfil del paciente.
Síntomas de la adicción a la cocaína
Reconocer la adicción a la cocaína resulta complejo, especialmente en fases iniciales; sin embargo, existen signos y síntomas frecuentes que pueden ayudar a identificar un posible problema (Clínica Recal, 2026b).
Desde el punto de vista conductual, suele observarse un aumento progresivo en la frecuencia y la cantidad de consumo, así como intentos fallidos de reducir o controlar su uso. También pueden aparecer dificultades para cumplir con responsabilidades laborales, académicas o familiares, problemas financieros derivados de la compra de la sustancia y un progresivo aislamiento social que deteriora las relaciones interpersonales (Clínica Recal, 2026b).
En el plano emocional, quienes presentan esta adicción suelen manifestar alteraciones del estado de ánimo, caracterizadas por irritabilidad, ansiedad y posibles episodios depresivos (Clínica Recal, s. f.; Alías-Ferri et al., 2021). Durante los periodos de consumo puede experimentarse un aumento de energía y euforia, seguido de fases de letargo, desmotivación o abatimiento. Asimismo, pueden presentarse alteraciones del sueño, como insomnio, y pérdida de apetito.
Finalmente, en lo que respecta a la cognición, el consumo puede asociarse con una marcada impulsividad, dificultades en la toma de decisiones, paranoia o ideas delirantes (Giordano et al., 2024). Estas manifestaciones tienden a intensificarse cuando existe comorbilidad con otros trastornos psiquiátricos (Giordano et al., 2024; Alías-Ferri et al., 2021).
Criterios del trastorno por consumo
de cocaína según el DSM-5
Según la American Psychiatric Association (2014), en el DSM-5, la adicción a la cocaína no aparece literalmente como “adicción a la cocaína”, sino como trastorno por consumo de cocaína, incluido dentro de los trastornos por consumo de sustancias. Su característica
esencial es la presencia de síntomas cognitivos, comportamentales y fisiológicos significativos de una posible problemática relacionada con el consumo.
El diagnóstico se establece cuando existe un patrón problemático de consumo que provoca un deterioro o malestar clínicamente significativo, manifestado por al menos dos de los siguientes once criterios en un período de doce meses:
- La sustancia se consume con frecuencia en cantidades superiores o durante un tiempo más prolongado del previsto.
- Existe un deseo persistente de abandonar o controlar el consumo, o se han producido esfuerzos fracasados para reducirlo o interrumpirlo.
- Se invierte mucho tiempo en actividades necesarias para conseguir la sustancia, consumirla o recuperarse de sus efectos.
- Aparece craving, es decir, un deseo intenso o urgencia de consumir la sustancia.
- El consumo recurrente da lugar al incumplimiento de obligaciones fundamentales en el ámbito académico, laboral o doméstico.
- La persona continúa consumiendo a pesar de tener problemas sociales o interpersonales persistentes o recurrentes causados o agravados por los efectos de la sustancia.
- Se reducen o abandonan actividades sociales, ocupacionales o recreativas importantes a causa del consumo.
- Se produce un consumo recurrente en situaciones en las que hacerlo implica un riesgo físico.
- Se continúa consumiendo a pesar de saber que existe un problema físico o psicológico persistente o recurrente que probablemente ha sido causado o exacerbado por la sustancia.
- Hay tolerancia, entendida como la necesidad de consumir cantidades cada vez mayores para lograr el efecto deseado, o como una disminución notable del efecto con el consumo continuado de la misma cantidad.
- Hay abstinencia, manifestada por la aparición de un síndrome de abstinencia característico o por el consumo de la sustancia —o de otra similar— para aliviar o evitar dichos síntomas.
Estos criterios se pueden agrupar en cuatro bloques: 1. control deficitario (criterios 1-4), 2. deterioro social (criterios 5-7), 3. consumo de riesgo (criterios 8-9) y 4. criterios
farmacológicos (criterios 10-11).
Gravedad del trastorno
La gravedad se determina según el número de criterios cumplidos:
- Leve: 2-3 criterios.
- Moderado: 4-5 criterios.
- Grave: 6 o más criterios
Efectos a corto y largo plazo
Los efectos que la cocaína puede tener dependen fundamentalmente de la dosis y de la vía de administración, y aparecen casi de forma inmediata tras el consumo (National Institute on Drug Abuse, 2024).
Efectos a corto plazo
La cocaína produce una estimulación intensa del sistema nervioso central, generando (National Institute on Drug Abuse, 2024):
- Euforia intensa y aumento de energía
- Mayor atención y estado de alerta
- Disminución del apetito
- Reducción temporal de la necesidad de dormir
A nivel fisiológico puede provocar:
- Aumento de la frecuencia cardíaca.
- Elevación de la presión arterial.
- Dilatación de la pupila.
- Aumento de la temperatura corporal.
En dosis altas o en personas vulnerables pueden aparecer:
- Irritabilidad y ansiedad
- Conducta errática o violenta
- Paranoia y pánico
- Convulsiones
- Infarto o accidente cerebrovascular
- Riesgo de muerte súbita
La combinación con alcohol o con opioides (como heroína o fentanilo) incrementa significativamente el riesgo de toxicidad cardíaca y sobredosis.
Efectos a largo plazo
El consumo repetido produce cambios neurobiológicos que afectan al sistema de recompensa y a los circuitos del estrés, favoreciendo la dependencia y la recaída. Con el tiempo pueden desarrollarse (National Institute on Drug Abuse, 2024):
- Tolerancia (necesidad de mayores dosis)
- Dependencia y adicción
- Estados de ánimo negativos durante la abstinencia
A nivel físico y psicológico, el consumo crónico se asocia con:
- Problemas cardiovasculares (infartos, miocarditis, ictus)
- Daño neurológico y deterioro cognitivo
- Convulsiones
- Trastornos psiquiátricos (depresión, ansiedad, psicosis, etc.)
- Pérdida de peso y desnutrición
Las distintas vías de administración también tienen riesgos específicos como las:
- Lesiones nasales al inhalar
- Daño pulmonar al fumar
- Infecciones como VIH o hepatitis C en el consumo intravenoso
Síntomas de intoxicación por cocaína
La intoxicación por cocaína aparece con síntomas físicos, psicológicos y conductuales poco después del consumo.
Entre los síntomas más frecuentes se encuentran:
- Sensación intensa de euforia o excitación
- Hablar en exceso o discurso acelerado, en ocasiones centrado en situaciones personales difíciles
- Ansiedad, agitación, inquietud o confusión
- Temblores musculares, especialmente en la cara o los dedos
- Pupilas dilatadas que no reaccionan adecuadamente a la luz
- Aumento de la frecuencia cardíaca y de la presión arterial
- Sensación de aturdimiento
- Palidez
- Náuseas y vómitos
- Fiebre y sudoración
Cuando se consumen dosis elevadas o se produce una sobredosis, pueden aparecer manifestaciones más graves, como:
- Convulsiones
- Pérdida del contacto con la realidad (psicosis o delirios)
- Pérdida del control urinario
- Hipertermia (temperatura corporal muy elevada) y sudoración excesiva
- Hipertensión severa y ritmo cardíaco acelerado o irregular
- Coloración azulada de la piel (cianosis)
- Dificultad respiratoria
- Muerte
Cuando la cocaína se mezcla con otras sustancias se puede producir una agravamiento o modificación en los síntomas así como aumentar el riesgo de complicaciones graves, incluida la sobredosis.
Relación con otros problemas de salud mental
Existe una alta presencia a la vez de patología psiquiátrica con:
Trastornos del estado de ánimo
- Trastorno depresivo mayo
- Episodios depresivos inducidos por sustancias
- Sintomatología afectiva persistente
Existe una distinción entre trastornos depresivos primarios y aquellos inducidos por sustancias
La depresión puede ser:
- Previa al consumo (factor de riesgo)
- Consecuencia del consumo crónico
- Parte del síndrome de abstinencia
Trastornos de ansiedad
Son comunes:
- Trastorno de ansiedad generalizada
- Trastorno de pánico
- Ansiedad inducida por sustancias
Los síntomas ansiosos pueden ser primarios o inducidos por consumo
Trastornos psicóticos
La cocaína puede provocar:
- Ideas delirantes
- Paranoia
- Psicosis inducida por sustancias
Existen trastornos psicóticos inducidos por sustancias/medicamentos, diferenciándolos de la esquizofrenia primaria
Trastornos de personalidad
Existe asociación con:
- Trastorno límite de la personalidad
- Trastorno antisocial
- Rasgos impulsivos marcados
Otros trastornos relacionados
Trastorno por déficit de atención/hiperactividad (TDAH)
- Otros trastornos por consumo de sustancias (policonsumo)
Evaluación: cuándo y a quién consultar
Se recomienda que la atención profesional se busque cuando exista una pérdida de control sobre el consumo, intentos fallidos para reducir el mismo, recaídas o un deterioro evidente en el funcionamiento personal, familiar, académico o laboral. También debe consultar a un
especialista cuando aparezcan síntomas depresivos persistentes, ansiedad intensa, ideas paranoides, alteraciones psicóticas o cualquier complicación física asociada al consumo.
Cuando exista sospecha de intoxicación aguda por cocaína, especialmente si hay dolor torácico, convulsiones, alteración del nivel de conciencia o síntomas neurológicos, es imprescindible acudir de forma inmediata a urgencias.
Pruebas y exámenes médicos
Las pruebas y exámenes médicos que pueden solicitarse en caso de sospecha de intoxicación o de complicaciones derivadas del consumo son los siguientes:
Análisis de sangre
- Determinación de enzimas cardíacas (para detectar daño miocárdico o infarto)
- Electrocardiograma (ECG) para evaluar la actividad eléctrica del corazón
- Radiografía de tórax
- Tomografía computarizada (TC) craneal, si se sospecha hemorragia o lesión cerebral
- Examen toxicológico en sangre u orina
Profesionales indicados
El abordaje en casos de adicción a la cocaína debe realizarse por profesionales especializados, entre ellos:
- Psiquiatra
- Psicólogo clínico
- Unidades de Conductas Adictivas (UCA) o centros especializados en adicciones
La evaluación temprana y el tratamiento especializado mejoran significativamente el pronóstico y reducen el riesgo de complicaciones graves
Evaluación: ¿cómo saber si mi familiar tiene un problema?
Aunque reconocer un problema de consumo de cocaína puede resultar difícil, existen algunos signos conductuales, emocionales y físicos que pueden ayudar a identificar una posible adicción.
Desde el plano conductual, la persona puede mostrar una búsqueda constante de la sustancia. También suele observarse un cambio en sus hábitos, descuido de sus responsabilidades y una tendencia al aislamiento o a relacionarse con entornos asociados al consumo. También, es frecuente identificar una pérdida de control, con un aumento significativo del consumo o su aparición en situaciones inapropiadas.
En el plano emocional, pueden aparecer cambios bruscos de humor, irritabilidad, ansiedad, euforia seguida de bajones emocionales o incluso síntomas depresivos. La persona puede mostrarse más impulsiva o agresiva.
Desde el punto de vista físico, las alteraciones del sueño, la pérdida de apetito, la hiperactividad o el cansancio extremo tras el consumo suelen ser señales de alarma. Además,
pueden observarse síntomas como pupilas dilatadas, inquietud o aumento de la energía durante las fases de consumo.
Otro aspecto clave para identificar un problema es la negación del mismo, a través de la minimización de las consecuencias o la justificación del consumo, incluso cuando este empieza a tener efectos evidentes en la vida personal, social o laboral.
La presencia de varios de estos indicadores puede sugerir un problema relacionado con la adicción, siendo recomendable acudir a un profesional para una valoración adecuada.
Tratamientos y apoyos disponibles
El tratamiento del trastorno por consumo de cocaína debe de ser un abordaje integral que combine evaluación médica, intervención psicológica y apoyo social. Actualmente, no existen medicamentos aprobados específicamente para tratar la adicción a la cocaína; sin embargo, sí existen múltiples intervenciones conductuales que han demostrado eficacia.
Evaluación y desintoxicación
El proceso terapéutico comienza con una evaluación clínica para determinar el nivel de dependencia, la presencia de comorbilidades psiquiátricas y posibles complicaciones médicas. En casos de intoxicación aguda, el tratamiento puede incluir monitorización de signos vitales, administración de oxígeno, sueros y medicación intravenosa y medicación para controlar síntomas como ansiedad, agitación, convulsiones, hipertensión o alteraciones cardíacas.
La desintoxicación supervisada permite manejar de forma segura los síntomas iniciales y reducir riesgos médicos asociados.
Intervenciones psicológicas
Manejo de contingencias (Contingency Management)
El manejo de contingencias consiste en un sistema de incentivos que refuerza la abstinencia mediante recompensas cuando el paciente mantiene resultados negativos en pruebas toxicológicas, esto parece aumentar el mantenimiento al tratamiento y prolonga los periodos de abstinencia.
Terapia cognitivo-conductual (TCC)
La terapia cognitivo-conductual ayuda al paciente a:
- Identificar situaciones de riesgo
- Desarrollar estrategias de afrontamiento
- Manejar el craving
- Modificar pensamientos disfuncionales relacionados con el consumo
La TCC mejora la abstinencia a largo plazo, especialmente cuando se combina con otras intervenciones.
Comunidades terapéuticas
Las comunidades terapéuticas son programas residenciales libres de drogas donde los pacientes permanecen durante meses (entre 6 y 12). Estos incluyen:
- Rehabilitación psicosocial
- Entrenamiento en habilidades laborales
- Apoyo estructurado entre iguales
Apoyo posterior al tratamiento
El seguimiento tras el tratamiento intensivo es fundamental para prevenir recaídas. El cuidado posterior puede incluir:
- Terapia individual continuada
- Terapia de grupo
- Grupos de autoayuda comunitarios
- Intervención en problemas laborales o familiares
La evidencia indica que factores como la autoeficacia, el compromiso con la abstinencia y el apoyo social aumentan la probabilidad de mantenimiento a largo plazo.
Qué puede hacer la familia y el entorno
El papel del entorno es clave en el proceso de recuperación. La familia puede:
- Fomentar la búsqueda de ayuda profesional
- Ofrecer apoyo emocional sin minimizar el problema
- Establecer límites claros
- Participar en terapia familiar cuando esté indicado
- Evitar conductas que refuercen el consumo
El acompañamiento empático, combinado con límites saludables, mejora la adherencia al tratamiento y reduce el riesgo de recaídas.
Prevención específica
La prevención específica del consumo de cocaína requiere un enfoque que combine intervenciones en el ámbito individual, familiar y comunitario, orientadas a reducir factores de riesgo y fortalecer factores protectores.
A nivel individual, es fundamental promover y desarrollar habilidades de regulación emocional, autocontrol y toma de decisiones asertivas, así como fomentar estilos de vida saludables. Resulta clave trabajar la autoestima y el desarrollo de metas y un proyecto de vida, ya que actúan como factores protectores frente al consumo. La educación sobre los riesgos reales asociados a la cocaína es esencial para prevenir su inicio, especialmente si se tiene en cuenta que esta sustancia puede generar dependencia en un periodo relativamente corto de tiempo. Informar de manera clara sobre sus efectos y consecuencias contribuye a reducir la probabilidad de consumo (Clínica Recal, 2026b; Comunidad de Madrid, s. f.).
Además, es importante considerar ciertos factores de riesgo que aumentan la vulnerabilidad a la adicción, como los antecedentes familiares de consumo, la presencia de problemas de salud
mental, la influencia del entorno social o determinadas condiciones socioeconómicas. La identificación de estos factores permite intervenir de forma temprana (Clínica Recal, 2026b; Comunidad de Madrid, s. f.).
En el ámbito familiar, es crucial mantener una comunicación abierta, establecer normas claras y ofrecer apoyo emocional. Un entorno familiar estructurado y el acompañamiento en momentos de vulnerabilidad reducen significativamente la probabilidad de consumo (Clínica Recal, 2026b; Comunidad de Madrid, s. f.).
Desde el contexto social y comunitario, las estrategias de prevención deben centrarse en el desarrollo de campañas de sensibilización, programas educativos y la promoción de entornos seguros. Asimismo, fomentar relaciones interpersonales positivas y redes de apoyo contribuye a disminuir el riesgo de consumo.
Es fundamental promover alternativas de ocio saludable, como la participación en actividades deportivas, culturales o recreativas, ayuda a ocupar el tiempo libre de manera saludable, adaptativa y reduce la exposición a contextos de riesgo. Del mismo modo, el establecimiento de objetivos personales claros, ya sean académicos, profesionales o vitales, actúa como un factor protector frente al consumo de sustancias (Clínica Recal, 2026b; Comunidad de Madrid, s. f.).
Por último, la identificación temprana de conductas de riesgo permite intervenir antes de que se desarrolle una adicción, siendo fundamental recurrir a ayuda profesional en caso de sospecha.
Recursos en España
- Teléfono de emergencias (112)
Número general de urgencias en España para situaciones graves o de riesgo inmediato (intoxicación, pérdida de conciencia, convulsiones, etc.)
- Plan Nacional sobre Drogas (PNSD)
Servicio de información, prevención y coordinación de recursos a nivel estatal.
- Centros de Atención a las Adicciones (CAD) – Madrid Salud https://madridsalud.es/adicciones/centros-de-atencion-a-las-adicciones-cad/ Servicios públicos especializados en evaluación, tratamiento y seguimiento de adicciones.
- Comunidad de Madrid – Atención a las adicciones https://www.comunidad.madrid/servicios/salud/adicciones Información y acceso a recursos públicos en materia de adicciones.
- Proyecto Hombre
Programas de prevención, tratamiento y reinserción social.
- Cruz Roja – Programa de drogodependencias
Intervención social, apoyo psicológico y programas de reducción de daños.
- Fundación Atenea
https://www.fundacionatenea.org
Programas de intervención, prevención y apoyo social en adicciones.
- Clínica Recal
Centro especializado en el tratamiento integral de adicciones.
Alías-Ferri, M., García-Marchena, N., Mestre-Pintó, J. I., Araos, P.,
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Cannabis
Descripción breve
El cannabis es una sustancia psicoactiva obtenida de la planta Cannabis sativa. Su principal componente es el tetrahidrocannabinol (THC), responsable de efectos psicoactivos (como la euforia, la relajación o las alteraciones en la percepción). La planta también contiene otros componentes, como el cannabidiol (CBD), que puede modular algunos de los efectos del THC (World Health Organization [WHO], 2016).
La forma más frecuente de consumo es fumada, normalmente en cigarrillos o “porros”, que muchas veces se mezclan con tabaco. También puede consumirse mediante vaporizadores —que calientan la sustancia sin llegar a quemarla— o por vía oral, a través de productos comestibles, bebidas o extractos concentrados. La vía de consumo influye en la rapidez con la que aparecen los efectos, en cuánto duran y en la intensidad con la que actúan en el organismo (European Monitoring Centre for Drugs and Drug Addiction [EMCDDA], 2023; National Institute on Drug Abuse [NIDA], 2023).
Entre los efectos más habituales del cannabis se encuentran la sensación de relajación o euforia, aunque también puede producir alteraciones en la atención, la memoria, la coordinación y la percepción del tiempo o del entorno. Estos efectos varían según la cantidad consumida, la frecuencia de uso, el tipo de producto y las características de cada persona (NIDA, 2023).
Aunque algunas personas realizan un consumo ocasional, en otros casos puede aparecer un patrón de uso problemático que afecte al bienestar, las relaciones personales, el rendimiento académico o laboral y la salud mental. Cuando esto ocurre, puede desarrollarse un trastorno por consumo de cannabis (American Psychiatric Association, 2022).
Actualmente, el cannabis es la droga ilegal más consumida en España tanto en población general como en estudiantes de secundaria, y además constituye una de las sustancias más relacionadas con demandas de tratamiento por consumo de drogas ilegales (Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones [OEDA], 2025).
Debido a su elevada prevalencia y a las posibles consecuencias físicas, psicológicas y sociales asociadas al consumo, especialmente en edades tempranas, el cannabis representa actualmente un importante problema de salud pública y una prioridad en prevención e investigación.
Datos de la situación en España
La Encuesta sobre Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias en España (ESTUDES) se realiza cada dos años desde 1994 en estudiantes de entre 14 y 18 años con la colaboración de las comunidades autónomas, y permite conocer la evolución del consumo de distintas sustancias, incluido el cannabis.
Tabla 1
Principales datos ESTUDES 2025
Indicador | Resultado (2025) | Observaciones |
Sustancia ilegal más consumida | Cannabis | Mayor prevalencia entre estudiantes de 14–18 años |
Consumo alguna vez en la vida | 21,0 % | Descenso respecto a 2023 (26,9 %) |
Consumo en los últimos 12 meses | 15,5 % | Tendencia descendente |
Consumo en los últimos 30 días | 11,6 % | Nivel más bajo desde 1994 |
Edad media de inicio | 14,8 años | Se mantiene estable |
Nota. Elaboración propia a partir de datos del Plan Nacional sobre Drogas (2025).
A pesar del descenso observado en los últimos años, el cannabis sigue siendo la droga ilegal más consumida entre adolescentes y población joven en España. Los datos muestran que el consumo es más frecuente en chicos que en chicas y que aumenta especialmente entre los 15 y los 16 años (Plan Nacional sobre Drogas, 2025).
Las investigaciones también indican que el consumo puede variar según factores sociales, económicos y del entorno. Algunos estudios han encontrado diferencias relevantes entre territorios y municipios con características similares, lo que sugiere que el contexto también influye en la probabilidad de consumo (Díaz-Geada et al., 2021; Hidalgo Jiménez et al., 2024).
En población adulta, el cannabis también ocupa el primer lugar entre las drogas ilegales más consumidas en todos los indicadores temporales: alguna vez en la vida, en el último año y en el último mes (OEDA, 2025). Además, se encuentra entre las principales sustancias relacionadas con admisiones a tratamiento por consumo de drogas ilegales.
Otro aspecto importante es el policonsumo. Muchas personas que consumen cannabis también consumen alcohol o tabaco, una combinación que puede aumentar los riesgos para la salud y complicar las consecuencias asociadas al consumo (OEDA, 2025).
En comparación con otros países europeos, España presenta una de las prevalencias más altas de consumo casi diario de cannabis, alcanzando aproximadamente un 3,7 % de la población en este patrón de uso (Hidalgo Jiménez et al., 2024).
Criterios diagnósticos del Trastorno por Consumo de Cannabis
El trastorno por consumo de cannabis se define en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR) como un patrón de consumo que provoca malestar o dificultades importantes en distintas áreas de la vida, como las relaciones personales, los estudios, el trabajo o la salud física y mental (American Psychiatric Association, 2022).
Para establecer el diagnóstico deben aparecer al menos dos síntomas durante un periodo de 12 meses. Entre los más frecuentes se encuentran consumir más cantidad de la prevista, tener dificultades para reducir el consumo, dedicar mucho tiempo a conseguir o consumir cannabis, sentir un deseo intenso de consumir o continuar haciéndolo a pesar de las consecuencias negativas que genera.
También pueden aparecer tolerancia —necesidad de consumir más cantidad para obtener el mismo efecto— y síntomas de abstinencia al reducir o suspender el consumo (American Psychiatric Association, 2022).
La gravedad del trastorno se clasifica como leve, moderada o grave en función del número de criterios presentes (American Psychiatric Association, 2022).
Es importante tener en cuenta que estos criterios deben ser valorados por profesionales sanitarios dentro de una evaluación clínica completa y no utilizarse de forma aislada para establecer un diagnóstico definitivo.
Señales de alarma
El consumo de cannabis puede considerarse problemático cuando empieza a generar cambios significativos en el comportamiento, el rendimiento académico o laboral y las relaciones personales. Entre las señales de alarma más frecuentes se encuentran el aumento progresivo de la frecuencia de consumo, la dificultad para pasar tiempo sin consumir o la pérdida de interés por actividades que antes resultaban importantes o agradables (NIDA, 2023).
También pueden aparecer cambios en la motivación, el estado de ánimo y el funcionamiento cognitivo, como dificultades de concentración, problemas de memoria reciente o descenso del rendimiento escolar o laboral relacionados con el consumo continuado (EMCDDA, 2023).
La aparición de conflictos familiares o sociales relacionados con el consumo, así como continuar consumiendo a pesar de notar consecuencias negativas, también son indicadores importantes y pueden señalar la necesidad de buscar ayuda profesional (American Psychiatric Association, 2022).
Por su parte, el Informe 2025 del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones señala que el consumo frecuente o intensivo de cannabis se asocia con una mayor probabilidad de problemas académicos, laborales y sociales, así como con un aumento de las urgencias hospitalarias relacionadas con drogas ilegales (OEDA, 2025).
Efectos a corto y largo plazo del consumo de Cannabis
A corto plazo, el cannabis puede producir sensación de euforia o relajación, pero también afectar a la atención, la coordinación y la percepción del tiempo. Además, después del consumo es frecuente que aumente la frecuencia cardiaca (NIDA, 2023).
Aunque muchas personas lo consumen buscando efectos agradables, en algunas pueden aparecer reacciones desagradables como ansiedad, sensación de pánico o experiencias paranoides pasajeras, especialmente con dosis altas o en personas más vulnerables a nivel psicológico (WHO, 2016).
En los últimos años, además, ha aumentado la potencia del cannabis disponible en el mercado, especialmente por el incremento de la concentración de THC, principal componente psicoactivo de la planta (logrado a través de cambios en las técnicas de cultivo, producción y selección de variedades con mayor contenido de esta sustancia). Este aumento se asocia a una mayor probabilidad de efectos adversos, problemas de salud mental y desarrollo de un consumo problemático, sobre todo cuando el consumo empieza en la adolescencia (European Union Drugs Agency [EUDA], 2024).
Cuando el consumo de cannabis se mantiene en el tiempo, pueden aparecer dificultades de memoria, concentración, aprendizaje y planificación, especialmente en personas que comenzaron a consumir durante la adolescencia (López-Pelayo et al., 2021; EMCDDA, 2023). Además, el consumo frecuente puede aumentar el riesgo de desarrollar un trastorno por consumo de cannabis y relacionarse con un peor estado de salud mental en personas con problemas psicológicos previos (American Psychiatric Association, 2022).
En consumidores habituales, reducir o interrumpir el consumo puede provocar síntomas de abstinencia como irritabilidad, inquietud, alteraciones del sueño, bajo estado de ánimo, disminución del apetito o deseo intenso de consumir (craving), lo que puede dificultar dejar la sustancia y favorecer recaídas (NIDA, 2023).
Algunos estudios realizados en población española también han encontrado que el consumo frecuente y mantenido se relaciona mayor probabilidad de accidentes de tráfico bajo los efectos del cannabis y con indicadores de deterioro cognitivo y conductual (López-Pelayo et al., 2021).
Estos efectos son especialmente relevantes en adolescentes, ya que el cerebro continúa desarrollándose durante esta etapa. La exposición temprana al cannabis podría interferir en procesos de maduración cerebral relacionados con el aprendizaje, la regulación emocional y la toma de decisiones.
Además, cada vez se observa más el uso del cannabis como forma de “automedicación” para dormir o reducir malestar emocional. Sin embargo, distintos estudios muestran que, aunque algunas personas perciben un alivio inicial, el consumo frecuente puede acabar empeorando la calidad del sueño y aumentar el riesgo de desarrollar un patrón problemático de consumo (Sancho-Domingo et al., 2025).
Factores de riesgo
El desarrollo de un consumo problemático de cannabis no depende de una sola causa, sino de la combinación de factores personales, familiares y sociales.
Uno de los factores más importantes es la edad de inicio. Empezar a consumir durante la adolescencia aumenta el riesgo de desarrollar problemas relacionados con el cannabis, ya que el cerebro todavía se encuentra en desarrollo (NIDA, 2023; OEDA, 2025).
También influyen factores del entorno. Diferentes estudios han encontrado mayor riesgo de consumo en adolescentes que crecen en contextos donde el cannabis está normalizado, existe tolerancia familiar hacia el consumo o el grupo de amigos consume de forma habitual (EMCDDA, 2023; de Andrés-Sánchez & Belzunegui-Eraso, 2022). Durante la adolescencia, el grupo de iguales adquiere un papel especialmente relevante, y las conductas de consumo pueden difundirse con facilidad dentro de las redes de amistad. Algunos estudios sugieren que determinados adolescentes, por su posición dentro del grupo, pueden influir especialmente en la propagación de estas conductas (Martínez-Fernández et al., 2021).
A nivel individual, características como la impulsividad, las dificultades para manejar emociones intensas o la presencia previa de ansiedad, bajo estado de ánimo u otros problemas psicológicos pueden aumentar la vulnerabilidad a desarrollar un patrón de consumo problemático (American Psychiatric Association, 2022).
La percepción de riesgo también juega un papel relevante. Cuando el cannabis se percibe como una sustancia poco peligrosa, las probabilidades de consumo suelen ser mayores (OEDA, 2025).
En consumidores habituales, el uso diario o varias veces por semana se asocian con mayor riesgo de dependencia y pérdida de control sobre el consumo (Hidalgo Jiménez et al., 2024).
Por último, el consumo de cannabis suele estar relacionado con el consumo de alcohol y tabaco. En muchos casos, el cannabis se fuma mezclado con tabaco, lo que puede hacer más fácil desarrollar dependencia de ambas sustancias y más difícil dejar de consumirlas después (Díaz-Geada et al., 2021; Hidalgo Jiménez et al., 2024). Además, algunos estudios indican que empezar a consumir alcohol y tabaco a edades tempranas puede aumentar las posibilidades de consumir cannabis más adelante, ya que estas conductas suelen ir apareciendo progresivamente durante la adolescencia (García-Pérez et al., 2023).
Relación con otros problemas de salud mental
La relación entre el consumo de cannabis y la salud mental es compleja y va en ambas direcciones. Por un lado, diferentes estudios muestran que el consumo frecuente se asocia con mayor presencia de síntomas de ansiedad, depresión y malestar emocional (WHO, 2016). Por otro, algunas personas utilizan el cannabis como forma de aliviar emociones difíciles, estrés o problemas de sueño, lo que puede favorecer que el consumo se mantenga en el tiempo (NIDA, 2023).
La evidencia científica también señala que el consumo habitual, especialmente cuando comienza en edades tempranas o existe vulnerabilidad previa, puede aumentar el riesgo de síntomas psicóticos o empeorar trastornos psicóticos ya existentes (EMCDDA, 2023).
El riesgo no depende únicamente de consumir o no consumir, sino también de la frecuencia, la duración y la edad de inicio. En población adulta española, el consumo frecuente se ha relacionado con mayores niveles de dependencia y mayor presencia de síntomas ansiosos y depresivos (López-Pelayo et al., 2021).
En adolescentes, además, el consumo se relaciona con factores emocionales y sociales como el estrés, el acoso escolar, la influencia del grupo de iguales o la tolerancia familiar hacia el consumo (Díaz-Geada et al., 2021; de Andrés-Sánchez & Belzunegui-Eraso, 2022). Esto sugiere que el consumo no puede entenderse solo como una conducta individual, sino también como el resultado de la interacción entre la persona y su entorno.
Algunos estudios realizados en población adulta consumidora habitual también han encontrado una mayor presencia de problemas de sueño y malestar psicológico, así como deseo de reducir o abandonar el consumo (Hidalgo Jiménez et al., 2024).
En definitiva, cuando el consumo de cannabis se acompaña de ansiedad intensa, cambios importantes en el estado de ánimo, alteraciones del sueño o dificultades en el funcionamiento diario, es recomendable realizar una valoración clínica que tenga en cuenta tanto la salud mental como el patrón de consumo.
Evaluación: cuándo y a quién consultar
Se recomienda consultar con un profesional sanitario cuando el consumo de cannabis empieza a afectar al rendimiento académico o laboral, las relaciones personales, el estado de ánimo o el funcionamiento diario. También conviene pedir ayuda cuando la persona siente que ha perdido control sobre la cantidad o la frecuencia de consumo, o cuando sigue consumiendo a pesar de las consecuencias negativas (American Psychiatric Association, 2022).
Durante la evaluación clínica suelen explorarse aspectos como la frecuencia de consumo, la edad de inicio, los de síntomas de dependencia y la posible existencia de otros problemas de salud mental. Esta valoración permite diferenciar entre un consumo ocasional, un consumo de riesgo o un posible trastorno por consumo de cannabis.
Además de la entrevista clínica, existen cuestionarios que ayudan en la detección de posibles problemas relacionados con el consumo. Entre los más utilizados se encuentran el CUDIT-R, el CAST y la SDS.
El CUDIT-R (Cannabis Use Disorder Identification Test – Revised) es uno de los instrumentos más utilizados actualmente para detectar posibles problemas de consumo de cannabis. Está formado por 8 preguntas sencillas sobre aspectos como la frecuencia de consumo, la dificultad para controlarlo, las consecuencias negativas o los intentos de reducirlo. Al ser un cuestionario específico para cannabis, de acceso libre y con buenos resultados en distintos estudios, resulta especialmente útil en contextos clínicos y académicos.
El CAST (Cannabis Abuse Screening Test) también está centrado específicamente en cannabis, aunque pone más el foco en las consecuencias y problemas derivados del consumo. Consta de 6 preguntas y suele utilizarse con frecuencia en estudios realizados con adolescentes y población general.
Por otro lado, la SDS (Severity of Dependence Scale) es una escala breve de 5 preguntas que evalúa hasta qué punto existe dependencia psicológica hacia una sustancia. Aunque no fue creada específicamente para cannabis, también se utiliza en este ámbito y permite comparar la gravedad de la dependencia entre distintas sustancias.
De forma general, el CUDIT-R se considera el instrumento más completo para detectar posibles problemas de consumo de cannabis, mientras que el CAST puede ser especialmente útil en estudios preventivos o poblacionales y la SDS como medida complementaria de dependencia psicológica.
Por este motivo, en este trabajo se propone utilizar el CUDIT-R (Anexo 1), como principal herramienta de evaluación, pudiendo complementarse con otros instrumentos , como el CAST (Anexo 2) si fuese necesario.
En cualquier caso, estos cuestionarios sirven únicamente como orientación y no sustituyen una evaluación clínica realizada por profesionales sanitarios, por lo que ante dudas o puntuaciones elevadas se recomienda solicitar una valoración especializada (NIDA, 2023).
En España, la atención a las personas con problemas relacionados con el consumo de cannabis se realiza principalmente a través de atención primaria, los servicios de salud mental y la red pública de atención a las adicciones coordinada por las comunidades autónomas (Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, 2023).
Evaluación: ¿cómo saber si mi familiar tiene un problema?
Algunas señales que pueden hacer pensar que existe un problema relacionado con el consumo de cannabis son los cambios mantenidos en el comportamiento, el aislamiento social, la bajada del rendimiento académico o laboral y los conflictos frecuentes relacionados con el consumo (NIDA, 2023). También pueden aparecer alteraciones del sueño, pérdida de interés por actividades que antes resultaban importantes o dificultades para cumplir responsabilidades del día a día. (NIDA, 2023; American Psychiatric Association, 2022).
Además, ciertos signos como la dificultad para controlar el consumo, la necesidad de consumir cada vez con más frecuencia, el deseo intenso de consumir (craving) o continuar consumiendo a pesar de las consecuencias negativas pueden indicar la presencia de un trastorno por consumo de cannabis y la conveniencia de solicitar ayuda profesional (American Psychiatric Association, 2022).
La detección precoz es especialmente importante en adolescentes, ya que el consumo frecuente o intensivo se asocia con un mayor riesgo de problemas académicos, sociales y de salud (OEDA, 2025).
Tratamientos y apoyos disponibles
El tratamiento del trastorno por consumo de cannabis se basa principalmente en intervenciones psicológicas. Entre las más utilizadas se encuentran la terapia cognitivo-conductual, la entrevista motivacional y los programas de prevención de recaídas (NIDA, 2023). Estas intervenciones buscan ayudar a la persona a comprender mejor su relación con el consumo, aumentar la motivación para el cambio y desarrollar estrategias para manejar situaciones de riesgo o malestar emocional sin recurrir a la sustancia.
En adolescentes y adultos jóvenes también puede ser útil trabajar habilidades sociales, regulación emocional o terapia familiar, especialmente cuando el entorno tiene un papel importante en el mantenimiento del consumo.
Actualmente no existen medicamentos aprobados específicamente para tratar la dependencia de cannabis, aunque en algunos casos pueden utilizarse fármacos para abordar síntomas asociados, como ansiedad, alteraciones del sueño o depresión (EMCDDA, 2023).
En España, el cannabis se encuentra entre las sustancias que con más frecuencia motivan demandas de tratamiento por drogas ilegales, siendo el abordaje psicológico el principal tratamiento dentro de la red pública asistencial (OEDA, 2025).
Qué puede hacer la familia y el entorno
El apoyo familiar y social puede influir de forma importante en la evolución del problema. Mantener una comunicación abierta, escuchar sin juzgar y mostrar preocupación desde el cuidado más que desde la crítica suele facilitar que la persona reconozca las dificultades y acepte ayuda profesional (WHO, 2016).
En general, suele ser más útil hablar desde ejemplos concretos —como cambios en el comportamiento, en el estado de ánimo o en el rendimiento académico o laboral— que recurrir a reproches o confrontaciones directas, ya que esto puede generar más rechazo o resistencia (WHO, 2016; NIDA, 2023).
También puede ayudar mantener un entorno estable y de apoyo, evitando actitudes estigmatizantes o excesivamente punitivas, especialmente en adolescentes y jóvenes (NIDA, 2023). Además, la implicación de la familia y del entorno en la detección temprana de cambios relacionados con el consumo puede favorecer una intervención más temprana y reducir el riesgo de que el problema evolucione hacia patrones más graves (EMCDDA, 2023).
Prevención específica
Las estrategias de prevención que han mostrado mejores resultados son aquellas que trabajan habilidades sociales y emocionales, promueven hábitos saludables y retrasan la edad de inicio del consumo (EMCDDA, 2023).
La percepción de riesgo también desempeña un papel importante. Los estudios muestran que cuando el cannabis se percibe como una sustancia poco peligrosa, el consumo tiende a aumentar. Por ello, ofrecer información clara, realista y basada en evidencia sobre sus efectos y riesgos es fundamental en la prevención (OEDA, 2025).
Además, las intervenciones que implican a la familia, la escuela y el entorno comunitario parecen especialmente útiles para reducir el inicio temprano del consumo y favorecer factores de protección durante la adolescencia.
En España, la Estrategia Nacional sobre Adicciones 2017–2024 sitúa entre sus objetivos prioritarios la prevención del consumo en población joven y la promoción de entornos que reduzcan los factores de riesgo asociados al inicio precoz (Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas, 2023).
Recursos en España
En España, las personas con problemas relacionados con el consumo de cannabis pueden acceder a distintos recursos de evaluación y tratamiento tanto dentro del sistema sanitario público como en centros especializados en adicciones.
Habitualmente, la atención comienza en atención primaria, desde donde el médico de cabecera, puede derivar a salud mental o a recursos específicos de adicciones cuando la situación lo requiere. La red pública, coordinada por las comunidades autónomas dentro del Plan Nacional sobre Drogas, incluye centros de atención primaria, unidades de salud mental, centros ambulatorios de adicciones y comunidades terapéuticas.
Estos recursos ofrecen evaluación, tratamiento psicológico, seguimiento médico y apoyo social para personas con problemas relacionados con el consumo de sustancias.
Además de la red pública, existen centros privados especializados que ofrecen programas de evaluación, desintoxicación, tratamiento psicológico y rehabilitación, tanto en formato ambulatorio como residencial. Muchos de ellos cuentan con equipos multidisciplinares formados por profesionales de la psicología, psiquiatría, medicina y trabajo social.
Con el objetivo de facilitar el acceso a información clara y accesible, esta página web incorporará progresivamente un directorio de centros especializados en adicciones que cumplan criterios de calidad asistencial y especialización clínica. La información incluirá aspectos básicos como la ubicación, el tipo de tratamiento ofrecido y las modalidades de atención disponibles.
La información sobre recursos públicos puede consultarse a través del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones, el Plan Nacional sobre Drogas y los portales de salud de cada comunidad autónoma.
Referencias
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American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.; DSM-5-TR). American Psychiatric Publishing.
Bravo, A. J., Prince, M. A., Pilatti, A., Mezquita, L., Keough, M. T., Hogarth, L., & Cross-Cultural Addictions Study Team. (2021). Young adult concurrent use and simultaneous use of alcohol and marijuana: A cross-national examination among college students in seven countries. Addictive Behaviors Reports, 14, 100373. https://doi.org/10.1016/j.abrep.2021.100373
de Andrés-Sánchez, J., & Belzunegui-Eraso, Á. (2022). Explaining cannabis use by adolescents: A comparative assessment of fuzzy set qualitative comparative analysis and ordered logistic regression. Healthcare, 10(4), 669. https://doi.org/10.3390/healthcare10040669
Díaz-Geada, A., Obradors-Rial, N., Baena, A., Teixidó-Compañó, E., Colillas-Malet, E., Mallah, N., Moure-Rodríguez, L., Caamaño-Isorna, F., & Barón-Garcia, T. (2021). Contextual determinants in alcohol, tobacco and cannabis consumption, mood and bullying during adolescence. International Journal of Environmental Research and Public Health, 18(16), 8480. https://doi.org/10.3390/ijerph18168480
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García-Pérez, Á., Aonso-Diego, G., Weidberg, S., & Secades-Villa, R. (2023). Testing the cannabis gateway hypothesis in a national sample of Spanish adolescents. Addictive Behaviors, 144, 107751. https://doi.org/10.1016/j.addbeh.2023.107751
Hidalgo Jiménez, J., Oña, G., Alcázar-Córcoles, M. Á., & Bouso, J. C. (2024). Cannabis and public health: A study assessing regular cannabis users through health indicators. Cannabis and Cannabinoid Research, 9(2). https://doi.org/10.1089/can.2022.0231
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Sancho-Domingo, C., Carballo, J. L., Coloma-Carmona, A., Pelegrín Muñoz, A., & van der Hofstadt, C. (2025). Alcohol and cannabis as sleep aids among adolescents and associations with sleep quality and problematic use. Addictive Behaviors, 165, 108304. https://doi.org/10.1016/j.addbeh.2025.108304
Saura, J., Enríquez, M., Feliu, A., Roca, X., Mondón, S., Barrio, P., Andreu, M., Segura, L., Ballbè, M., Fu, M., Fernández, E., Martínez, C., & DuCATA clinical group. (2026). Consumption patterns and withdrawal symptoms in dual cannabis–tobacco users in Spain: Cross-sectional study. Addictive Behaviors Reports, 23, 100656. https://doi.org/10.1016/j.abrep.2025.100656
Teijeiro, A., Guerra-Torres, C., Fernández-Casal, R., Martín-Gisbert, L., García, G., Varela-Lema, L., & Pérez-Ríos, M. (2025). Consumo de cannabis en población adulta de España. Gaceta Sanitaria. https://doi.org/10.1016/j.gaceta.2025.102524
World Health Organization. (2016). The health and social effects of nonmedical cannabis use. World Health Organization.
Glosario de términos
Cannabis. Sustancia psicoactiva obtenida de la planta Cannabis sativa, cuyo principal compuesto activo es el tetrahidrocannabinol (THC), responsable de sus efectos psicoactivos.
Cannabidiol (CBD). Componente no psicoactivo del cannabis que ha despertado interés por sus posibles usos terapéuticos, sin producir los efectos euforizantes del THC.
Tetrahidrocannabinol (THC). Principal sustancia psicoactiva del cannabis, responsable de los efectos sobre el sistema nervioso central, como la alteración de la percepción y el estado de ánimo.
Trastorno por consumo de cannabis. Patrón problemático de uso de cannabis que conlleva deterioro o malestar clínicamente significativo, según criterios diagnósticos internacionales.
Consumo de riesgo. Patrón de consumo que aumenta la probabilidad de consecuencias negativas para la salud, aunque no cumpla criterios de trastorno.
Cribado. Proceso de evaluación inicial mediante cuestionarios o pruebas breves para detectar de forma temprana posibles problemas de salud.
CUDIT-R. Cuestionario breve de 8 ítems utilizado para detectar consumo problemático de cannabis en los últimos 6 meses.
CAST. Instrumento de 6 ítems empleado principalmente en estudios epidemiológicos para identificar consumo problemático de cannabis.
SDS (Severity of Dependence Scale). Escala breve que evalúa el grado de dependencia psicológica a sustancias.
Edad de inicio. Edad a la que una persona comienza a consumir una sustancia, considerada un factor de riesgo relevante.
Prevalencia. Proporción de personas que han consumido una sustancia en un periodo determinado (vida, último año o último mes).
NIDA (National Institute on Drug Abuse). Instituto estadounidense dedicado a la investigación sobre el consumo de drogas y sus efectos en la salud.
OEDA (Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones). Organismo que recopila y analiza datos sobre consumo de sustancias en España.
EMCDDA (European Monitoring Centre for Drugs and Drug Addiction). Agencia de la Unión Europea que proporciona información sobre drogas y adicciones a nivel europeo.
ESTUDES. Encuesta estatal sobre uso de drogas en estudiantes de enseñanzas secundarias en España.
Internet y redes sociales
Descripción breve
Ciertos comportamientos que aparentan ser inofensivos pueden transformarse en conductas adictivas. La adicción comportamental o sin sustancia se puede equiparar a la adicción a sustancia ya que comparte bases neurobiológicas, genera efectos similares en el organismo e impacta de forma significativa en la funcionalidad y calidad de vida del individuo (Roncero et al., 2023).
La actual revolución digital ha dado lugar a nuevas formas de posible adicción comportamental, destacando a internet y a redes sociales. El uso problemático de la tecnología se caracteriza por la sensación de incapacidad para detener la conducta, sensación de descontrol, dependencia, síndrome de abstinencia cuando la conducta no puede realizarse y descuido de otras áreas vitales (Roncero et al., 2023; CEAPA, 2021). En algunos casos puede adquirir características de tipo adictivo, con tolerancia, abstinencia y dependencia como con una sustancia, aunque la mayoría de los casos se expresan como uso problemático por el excesivo uso de tiempo, apartar de otras actividades sanas y preocupación cuando no se puede acceder.
Datos en España
Algunos estudios coinciden en que el uso problemático de internet y redes sociales es un fenómeno relevante que repercute nacionalmente y en especial a adolescentes y jóvenes (Echeburúa, 2012; Aponte, 2017).
En referencia al uso problemático de internet, en el año 2024 la prevalencia alcanza su máximo pico en población adolescente y adulta joven (11.7%). Además, se estima que el 3.7% de la población española de entre 15 a 64 años ha llevado a cabo un uso problemático de internet (EDADES, 2024). La Encuesta sobre Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias en España confirma que el uso problemático de internet es mayor en mujeres que en hombres (H: 15.5%, M: 23.4%) (ESTUDES, 2025) hecho que del mismo modo respalda en 2021 la CEAPA (H: 16.4%, M: 23.4%).
En cuanto al uso compulsivo de redes sociales, durante el último año el 15.3% de los estudiantes de entre 14 y 18 años presenta un uso problemático de RRSS (ESTUDES, 2024). Además, los estudiantes de 18 años son los que más uso llevan a cabo (16.1%) (ESTUDES, 2024) sin existir apenas diferencias entre sexos (ESTUDES, 2024).
Durante la II Jornada de Salud Mental en Contextos Educativos celebrada en febrero de 2025 Maite Garaigordobil Landazábal, catedrática en psicología, expuso algunos datos alarmantes: España posee el porcentaje más elevado de uso problemático de internet en población infantojuvenil (menores de entre 9 y 16 años) y específicamente se estima que el 13% de los menores entre 12 y 21 años padecen ciberadicción y el 32% se encuentra en riesgo activo de desarrollarla (Infocop, 2025).
Señales de alarma
La presencia de algunos signos o síntomas concretos pueden actuar como señales de alerta. Detectar estos pródromos de forma precoz puede prevenir la problemática (CEAPA, 2021; Encinas & González, 2010).
- Existe agresividad, enfado, mal humor, ansiedad e irritabilidad cuando no se realiza la conducta o la persona se encuentra bajo los efectos del síndrome de abstinencia (scrolling en redes sociales, no tener el móvil cerca, quedarse sin batería, problemas de conexión…).
- Deseo irrefrenable (craving) de estar cerca de un dispositivo y utilizar las redes sociales.
- Intentos fallidos de limitar el tiempo de conexión online.
- Mentir acerca del tiempo de uso (Quirónsalud, s. f.).
- Comprobación frecuente de notificaciones.
- Sobreexposición en redes sociales (Quirónsalud, s. f.).
- Privación de horas de sueño.
- Abandono de las responsabilidades correspondientes y bajo rendimiento laboral o académico (Quirónsalud, s. f.).
- Reducción significativa de actividades sociales (aislamiento, comunicación social) y de ocio.
Criterios de “adicción”
Aún no existe una etiqueta diagnóstica formal e independiente para nombrar la adicción a internet y redes sociales. Sin embargo, durante los últimos años la práctica clínica y la investigación científica han detectado una creciente dependencia hacía comportamientos como el scrolling o la revisión continua de redes sociales. Los profesionales denominan informalmente esta adicción como “uso problemático de internet” o “uso compulsivo de redes sociales” (OEDA, 2025).
El incremento significativo de la prevalencia, sobre todo entre niños y adolescentes (Echeburúa, 2012; CEAPA, 2021), genera la necesidad de incluir la problemática en manuales clínicos diagnósticos con la finalidad de facilitar una prevención, evaluación y tratamiento adecuados.
Se evalúan criterios similares a los propuestos por el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales o DSM-5-TR (APA, 2022) para adicciones a sustancias ya que los comportamientos relacionados con pantallas activan sistemas de recompensa similares a los activados por el consumo de sustancias (APA, 2022).
La sensación de incapacidad para frenar la conducta, la presencia de síndrome de abstinencia al no poder buscar o acceder a la pantalla o red social, el aumento de la tolerancia a los efectos de la conducta y la interferencia de la adicción en la vida diaria son algunos de los criterios a tener en cuenta (Echeburúa & Corral, 2010; Roncero et al., 2023).
Efectos a corto y a largo plazo
A corto plazo, el uso excesivo y descontrolado de pantallas y redes sociales puede desencadenar consecuencias de carácter multidimensional (Eddy et al., 2025; CEAPA, 2021; Mayo Clinic, 2025), tanto fisiológicas (alteración y disminución del sueño, reducción de ejercicio físico, fatiga), como cognitivas (afectación de la atención sostenida), como emocionales (frustración, irritabilidad, apatía, ánimo deprimido), como funcionales (abandono de actividades sociales, de ocio o de responsabilidades académicas / laborales) y sociales (aislamiento social).
A largo plazo, la exposición prolongada y de carácter dependiente a tecnologías se ha asociado con problemas de salud física (molestias musculoesqueléticas y oculares), salud psicosocial (afectación en funciones ejecutivas relacionadas con la planificación, inhibición de conductas, pensamientos disfuncionales acerca de la propia valía, autoconcepto o autoimagen corporal, disminución de la capacidad creativa, irritabilidad y ánimo deprimido) y funcionalidad (menor rendimiento académico / laboral, retraimiento social y escaso apoyo social percibido). En adolescentes y jóvenes estos efectos pueden interferir en etapas clave del desarrollo socioemocional y cognitivo (Echeburúa & Corral, 2010; Quirónsalud, s.f.).
Factores de riesgo
Las personas que se encuentran en riesgo o son más vulnerables a la hora de desarrollar una adicción a Internet y a redes sociales no son necesariamente aquellas que más las usan, sino aquellas con una predisposición traducida a vulnerabilidad psicosocial (Echeburúa & Corral, 2010).
Como factores demográficos, se reportan características asociadas fundamentalmente a la edad (Echeburúa & Corral, 2010). La adolescencia constituye una etapa de vulnerabilidad por el manejo fluido de las nuevas tecnologías y por características psicosociales propias de la etapa (apertura y búsqueda de nuevas experiencias, necesidad de conexión, pertenencia, impulsividad, menor capacidad de autorregulación emocional…).
Como factores psicológicos, fenómenos como la impulsividad, disforia, intolerancia a sensaciones o emociones desagradables, búsqueda de emociones intensas, baja autoestima, timidez y estilos de afrontamiento o gestión emocional desadaptativo predisponen la conducta adictiva (Echeburúa & Corral, 2010; Moral & Suárez, 2016). La existencia de psicopatología previa exacerba el riesgo de acceder a las redes y pantallas como mecanismo de regulación emocional (Echeburúa 2012; Moral & Suárez, 2016).
Como factores sociales, destacan el aislamiento social, la pertenencia a un grupo de personas que consume en exceso pantallas y redes sociales, una escasa cohesión familiar y estilos de crianza autoritarios o permisivos (Echeburúa 2012; Moral & Suárez, 2016; Aponte, 2017).
Relación con otros problemas de salud mental
La literatura reciente sugiere que el uso problemático de internet y redes sociales se asocia de forma consistente con un aumento de la sintomatología ansiosa, depresiva y obsesiva, especialmente en niños, adolescentes y jóvenes.
Además, no solo se ha observado un empeoramiento del malestar emocional sino también una mayor impulsividad, conductas agresivas, somatizaciones, baja autoestima y desregulación emocional. Todo ello indica una afectación amplia del funcionamiento psicológico (Eddy et al., 2025).
En términos de comorbilidad psiquiátrica, los trastornos que aparecen con mayor frecuencia asociados al uso problemático de internet son los trastornos de ansiedad, especialmente ansiedad social y ansiedad generalizada (Quirónsalud, s.f.; Bustamante et al., 2025); los trastornos depresivos, los trastornos del neurodesarrollo como el TDAH y el TE; los trastornos de conducta; los trastornos de la conducta alimentaria y los trastornos relacionados con la imagen corporal, entre ellos el trastorno dismórfico corporal (Schou et al., 2017).
Esta asociación es especialmente relevante en el caso de las redes sociales basadas en imágenes o vídeos, donde la comparación social y la presión por la apariencia física pueden intensificar la vulnerabilidad psicológica (Eddy et al., 2025). También se ha descrito relación con conductas autolesivas e ideación suicida en especial cuando existe ciberacoso o exposición repetida a contenidos de autolesión en redes sociales (Eddy et al., 2025).
Evaluación
Internet Addiction Test (Puerta-Cortés et al., 2012)
Evaluación: ¿cómo saber si mi familiar tiene un problema?
A continuación se puntualizan algunas señales de alerta que si se encuentran presentes en su entorno cercano podrían indicar la presencia encubierta de una adicción comportamental a pantallas y redes sociales: enfado, irritabilidad y frustración cuando se limita el acceso, incapacidad para reducir el uso, presencia usual de conflicto familiar que gira en torno al acceso repetido a las pantallas o redes, mentiras sobre el tiempo conectado, alteraciones de sueño – insomnio – y abandono de responsabilidades o actividades placenteras llevadas a cabo de forma previa a la adicción (CEAPA, 2021).
Si en su entorno logra detectar algún signo o señal de alarma similar a los expuestos anteriormente, no dude en consultar a la persona en cuestión la posibilidad de recibir ayuda y buscar valoración y ayuda profesional. Si se perciben conductas graves asociadas al consumo en un familiar o conocido (ejemplo: ideas de autolesión / suicidio) será esencial recurrir a la atención urgente ( teléfono 112) o a línea de atención a la crisis de conducta suicida 024 (Ministerio de Sanidad, s.f.).
Tratamientos y apoyos disponibles
- Ministerio de Sanidad. Centros de Atención a las Adicciones Portal Plan Nacional sobre Drogas – Ayuda Cerca de ti
- Centros de Atención a las Adicciones (CAID / CAT) en Madrid Atención en adicciones | Comunidad de Madrid
- Atención de urgencia
- 112 (emergencias). (Ministerio de Sanidad, 2026)
- 024 (atención a conducta suicida; apoyo a la persona y familiares). (Ministerio de Sanidad, 2026)
- Fad Juventud (SIOF). Ayuda psicológica gratuita para jóvenes y familias. » Servicio de Información y Orientación para jóvenes
- Centro AdCom Madrid (Hospital Gregorio Marañón). Centro AdCom »Madrid» Recursos FAD
- Clínicas y centros
- UniAdic. Especializados en Adicciones y Salud Mental | Madrid
- Fundación Instituto Spiral. Programas terapéuticos y rehabilitación de adicciones| Instituto Spiral –
¿Qué puede hacer la familia y el entorno?
La familia ejerce un papel de gran relevancia dentro del proceso de recuperación (Quirónsalud, s.f.). Ésta puede ayudar:
- Manteniendo una comunicación abierta y sin juicios acerca de pensamientos, emociones y sensaciones que acompañan al problema. La investigación indica que un entorno familiar comprensivo y validante reduce el uso problemático de internet y redes (Sevilla-Fernández, 2025)
- Estableciendo límites claros y conscientes. Medidas como delimitar horarios de uso, establecer momentos sin pantallas – especialmente durante comidas y momento antes de dormir – y negociar un tiempo máximo de pantalla diario ayudan a disminuir el tiempo que se pasa navegando en internet o scrolleando en redes (Vondráčková & Gabrhelík, 2016)
- Reforzando actividades alternativas a las pantallas. Se recomienda potenciar actividades que ayuden a reemplazar el refuerzo positivo que generan las redes por un refuerzo positivo derivado de otras actividades que no impliquen tecnologías. El deporte, lectura, hobbies y actividades familiares son algunos ejemplos (Montañés, 2017)
- Dando ejemplo con el propio uso de la tecnología (Caro Amada & Plaza De La Hoz, 2016)
- Detectando precozmente señales de alarma (CEAPA, 2021; Becoña, 2002)
Prevención específica
La prevención de adicción a TICs debe empezar en casa y en la escuela con educación digital, hábitos de sueño saludables y entrenamiento en autorregulación. También es recomendable enseñar a identificar señales tempranas de uso problemático, como pérdida de control, necesidad constante de revisar el móvil o malestar cuando no hay conexión (Echeburúa & Corral, 2010; Chóliz, 2017; Plaza et al., 2024).
En población infantil y adolescente la prevención es más eficaz cuando combina supervisión parental, normas adaptadas a la edad y promoción de actividades offline que refuercen habilidades sociales, deportivas y académicas. La idea central es favorecer un uso consciente y limitado, no demonizar la tecnología ya que el problema no es la herramienta en sí, sino el patrón de uso desadaptativo (Echeburúa & Corral, 2010; Chóliz, 2017; Plaza et al., 2024).
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Opioides receetados
Descripción breve
El término opioide proviene de la raíz semántica opio, sustancia extraída directamente de la planta Papaver Somniferum o adormidera. El opio posee, de manera innata, propiedades somníferas, analgésicas y antidiarreicas que ya estaban documentadas desde la antigua Grecia (Álvarez et al., 2005).
Es importante comprender la diferencia existente entre opioide y opiáceo. Los opiáceos se extraen naturalmente de la planta Papaver Somniferum, mientras que los opioides abarcan cualquier tipo de sustancia de naturaleza tanto endógena -péptidos producidos por el propio cuerpo- como exógena -opiáceos y sustancias sintéticas y semiartificiales- que se une de manera específica a receptores opioides cerebrales (Álvarez et al., 2005; National Institute on Drug Abuse, 2024).
Este sistema opioide cumple múltiples funciones fisiológicas fundamentales (National Institute on Drug Abuse, 2021), entre las que se incluyen el aprendizaje, la memoria, la modulación gastrointestinal, las funciones endocrinas, las funciones autonómicas y la regulación del dolor mediante la inhibición de la sensación dolorosa generada por el estímulo nocivo.
De manera frecuente, los opioides se emplean como medicamentos, ya que presentan propiedades que permiten modular funciones fisiológicas. Estas sustancias depresoras suelen ser recetadas de forma legal con la finalidad de tratar dolores agudos, crónicos y otras afecciones (Sandí & Castillo, 2024). No existe un registro exacto y fiable del consumo ilícito de opioides. Los opioides que normalmente suelen ser recetados para tratar este tipo de afecciones son: codeína, fentanilo, hidrocodona, oxicodona, oximorfona, morfina y tramadol (National Institute on Drug Abuse, 2021).
Pese a su finalidad terapéutica, el consumo de sustancias opioides sin una supervisión médica puede acarrear problemáticas de salud tanto física como mental (World Health Organization, 2023). Para comprender por qué los opioides generan dependencia y adicción es necesario tener en cuenta el sustrato neurobiológico implicado. La unión del opioide a un receptor μ localizado en el área tegmental ventral y su posterior activación producen la inhibición de las interneuronas GABA y la liberación de dopamina en el núcleo accumbens, dentro del sistema de recompensa. Esta interacción genera una intensa sensación de recompensa, que actúa como refuerzo para volver a consumir estas sustancias y favorece el desarrollo de dependencia (Álvarez et al., 2005).
Datos en España
La Encuesta sobre el Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias en España, indica que la edad media de inicio en el consumo de analgésicos opioides se sitúa en los 14.7 años. En comparativa con años anteriores, se observa que esta edad de inicio se adelanta progresivamente. En el último año, el 1.3% de los estudiantes de entre 14 y 18 años en España afirma haber consumido opioides analgésicos alguna vez para “colocarse” (ESTUDES, 2025).
Además, en el último año, el 15.2% de la población española general de entre 15 y 64 años reconoce haber consumido algún tipo de analgésico opioide en alguna ocasión, con o sin receta. Este consumo es más frecuente en la población femenina que en la masculina. El alivio del dolor agudo, crónico y consecuente de operaciones son las razones más comunes documentadas de cara a iniciar el consumo (EDADES, 2024).
Señales de alarma
Para prevenir y tratar la problemática, es importante generar conciencia y conocer las señales que pueden alertar sobre la presencia o el inicio de un comportamiento adictivo. A continuación, se recogen signos a tener en cuenta para su detección precoz (APA, 2022).
Físicamente pueden aparecer somnolencia, estreñimiento, respiración lenta, fatiga u otros síntomas similares.
En el plano psicológico, pueden observarse irritabilidad frecuente, cambios repentinos y bruscos en el humor, bajo estado de ánimo, ansiedad persistente asociada al intenso deseo de consumir (craving), dificultades para concentrarse o empobrecimiento en el lenguaje.
También es importante observar la conducta, ya que aporta información relevante para identificar la posible presencia del trastorno. Conductualmente, destaca el consumo de una dosis mayor de la prescrita, el uso durante más tiempo del indicado y con mayor frecuencia, la visita a varios médicos con el fin de obtener recetas, la invención de síntomas físicos asociados al dolor para conseguir prescripciones y el uso sin indicación o supervisión médica, la priorización del consumo sobre otras actividades y los intentos fallidos de dejar de consumir.
Socialmente, puede producirse un deterioro que se manifiesta en conflictos en el entorno familiar o de pareja y en aislamiento social.
Además, la funcionalidad de la persona suele verse reducida, lo que suele reflejarse en problemas académicos, laborales, abandono de actividades de ocio o incluso conductas delictivas.
La necesidad de aumentar la dosis para conseguir el mismo efecto (tolerancia) y la aparición de síntomas físicos y psicológicos al dejar de consumir (abstinencia) son indicadores importantes de un consumo problemático.
Entre los síntomas de abstinencia se incluyen náuseas o vómitos, dolores musculares, lagrimeo o rinorrea, dilatación pupilar, piloerección, sudoración, diarrea, bostezos, fiebre, insomnio y humor disfórico o estado de ánimo decaído o irritable.
Criterios de adicción
Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales 5-TR (APA, 2022), se puede confirmar la presencia de una adicción o trastorno por consumo de opiáceos cuando el uso genera un malestar clínicamente significativo que se refleja en, al menos, dos de los signos que se mencionan a continuación durante un período de un año (APA, 2022):
- El consumo es frecuente y en cantidades y tiempos superiores a los prescritos.
- Existen esfuerzos fracasados por abandonar la sustancia.
- Se invierte bastante tiempo en conseguir, consumir y recuperarse de los efectos consecuentes al consumo de opioides.
- Existe un deseo persistente e intenso de consumo (craving).
- El consumo genera el incumplimiento de responsabilidades laborales, familiares o académicas.
- El consumo se mantiene pese a éste generar problemáticas sociales e interpersonales significativas.
- El consumo provoca un abandono o reducción de actividades sociales, de ocio y profesionales.
- Consumo recurrente de opiáceos en situaciones en las que ésta puede generar un riesgo físico.
- El consumo se mantiene a pesar de poseer conciencia de que se sufre un problema físico o psicológico persistente causado/exacerbado por los opioides.
- Existe tolerancia (necesidad de consumir cada vez mayores cantidades de la sustancia para conseguir el efecto deseado. Este efecto se reduce de forma significativa tras el consumo continuado de la misma cantidad).
- Existe abstinencia (cuadro sintomatológico que resulta de la interrupción del consumo mantenido, y que se “resuelve” o “alivia” volviendo al consumo).
Además de reconocer la presencia del trastorno o adicción, deben especificarse algunos factores para observar su gravedad e intensidad. Algunos de estos especificadores son: 1. Remisión inicial / remisión continuada, 2. Se está o no dando una terapia de mantenimiento de forma paralela, 3. Gravedad. La gravedad del trastorno se mide a raíz de los siguientes parámetros:
- Gravedad leve: presencia de 2-3 síntomas (en remisión inicial / continuada).
- Gravedad moderada: presencia de 4-5 síntomas (en remisión inicial / continuada).
- Grave: presencia de 6 o más síntomas (en remisión inicial / continuada).
Efectos a corto y largo plazo
Los efectos tanto a corto como a largo plazo generados por el consumo de opioides varían en función del tipo de opioide consumido. Sin embargo, todos ellos actúan sobre los receptores opioides y generan respuestas narcóticas y analgésicas (World Health Organization, 2023; National Institute on Drug Abuse, 2024).
Los efectos a corto plazo suelen ser analgesia, sedación, euforia, sensación de bienestar, somnolencia, náuseas, vómitos, estreñimiento, depresión respiratoria, confusión y mareo.
Los efectos más comunes a largo plazo suelen ser tolerancia -o la necesidad de consumir dosis mayores para lograr el mismo efecto-, dependencia física y psicológica, trastorno por uso de opioides, problemas respiratorios crónicos, alteraciones hormonales, estreñimiento crónico, mayor riesgo de sobredosis, cambios cardiovasculares, debilitamiento del sistema inmunitario y un aumento de la sensibilidad al dolor en algunos casos.
Factores de riesgo
El desarrollo de la adicción a los opioides resulta de la interacción de factores tanto biológicos, como psicológicos y sociales.
Como factores biológicos, destacan:
- Heredabilidad o genética: la heredabilidad de problemáticas relacionadas con la adicción a sustancias ronda el 40%-60% (National Institute on Drug Abuse, 2020; APA, 2022)
- Presencia de dolor agudo, dolor crónico, dolor derivado de una operación u otras enfermedades (EDADES, 2024)
- Consumo de otras sustancias (APA, 2022)
- Prescripción médica prolongada o inadecuada.
Como factores psicológicos, destacan (APA, 2022):
- Mecanismos de afrontamiento pasivos y evitativos
- Dificultad en la gestión emocional adaptativa
- Percepción y creencias acerca de la experiencia del dolor
- Baja percepción del riesgo
- Baja autoestima
- Rasgos de personalidad externalizantes, como la búsqueda de experiencias, la impulsividad y la desinhibición
- Historia personal
- Psicopatología, como un trastorno de depresión mayor, trastornos de ansiedad, trastorno bipolar, trastornos de personalidad o trauma (Sandí & Castillo, 2024) y trastornos de conducta en la infancia o adolescencia
Como factores sociales, destacan (APA, 2022):
- Fácil acceso a medicamentos con codeína
- Entornos en los que se encuentra normalizado el consumo
- Escaso apoyo y red social
Además, la Organización Mundial de la Salud detalla algunos factores de riesgo asociados no solo al consumo problemático de opioides, sino también a la posible sobredosis (World Health Organization, 2023).
- Presencia de un trastorno por consumo de opioides
- Inyección intravenosa de opioides
- Retomar el consumo tras un periodo de abstinencia o no consumo de la sustancia
- Consumo sin receta médica
- Consumo de dosis elevadas siguiendo la posología recomendada y pautada por un médico de manera diaria
- Consumo de opioides junto a sustancias que, como efecto secundario, depriman la actividad respiratoria
- Presentar otros problemas de salud
Relación con otros problemas de salud mental
Se ha observado que el consumo de opioides en general se relaciona estrechamente con la presencia de psicopatología y problemas de salud mental (Sandí & Castillo, 2024; APA, 2022). Es importante recalcar que la relación entre el consumo y la psicopatología es de naturaleza bidireccional.
Se ha documentado que el trastorno depresivo mayor o el trastorno depresivo persistente, así como los trastornos de ansiedad, pueden ser inducidos o exacerbados por el consumo de opioides (APA, 2022). Además, el trastorno por consumo de opiáceos suele presentarse junto a trastornos de la personalidad, especialmente los trastornos límite, esquizotípico y antisocial, e insomnio, sobre todo durante la abstinencia (APA, 2022).
También, se ha asociado el consumo problemático de opiáceos con un mayor riesgo de intentos de suicidio (APA, 2022). Estudios e investigaciones realizadas en los últimos años, respaldan la existencia de patología dual, es decir, la coexistencia de un trastorno mental y una adicción, en personas con adicción a opioides (Pedroza et al., 2025).
Evaluación
Drug Abuse Screening Test-10. DAST-10 (Bohn et al., 1991; Yudko et al., 2007)
Ante la duda, se recomienda consultar al médico de atención primaria, unidades de dolor, salud mental o recursos de adicciones que puedan valorar la situación y orientar sobre el mejor tipo de ayuda en cada caso (SERGAS, 2022). Algunos recursos disponibles se incluyen en apartados posteriores.
Evaluación: ¿Cómo saber si mi familiar tiene un problema?
No solo es importante identificar si uno mismo corre el riesgo de presentar un problema de consumo de sustancias opioides, sino también prestar atención al entorno y a las personas cercanas. Los cambios en la conducta, las rutinas y el estado de ánimo son uno de los indicadores fundamentales (Clínica Mayo, 2025). Por ello, aunque no siempre ocurra, es posible que un familiar consuma opioides de forma problemática si se observa un deterioro en las relaciones sociales, en el ámbito académico o laboral o en otros contextos de su vida diaria. Si se consume una medicación prescrita durante más tiempo del indicado o en mayor cantidad de la pautada, también puede estar desarrollándose esta problemática (Clínica Mayo, 2025). Es frecuente que la persona consuma opioides “por si acaso”, incluso sin sentir dolor, o que solicite la misma receta a varios profesionales. Del mismo modo, pedir medicamentos a amigos, fingir que los ha perdido para obtener nuevas recetas o dedicar mucho tiempo a obtener la sustancia son señales de alarma (Clínica Mayo, 2025).
Poner en peligro la propia vida o la de quienes le rodean, experimentar cambios bruscos de humor, aislarse socialmente, abandonar hobbies y actividades de ocio o presentar sintomatología física propia del consumo o de la abstinencia son también señales a tener en cuenta (APA, 2022; Clínica Mayo, 2025).
Si se identifican varias de estas señales, conviene consultar lo antes posible con un profesional de atención primaria, psiquiatría, psicología, una fundación o un recurso especializado en adicciones. En caso de detectar una posible sobredosis, será esencial recurrir a los servicios de urgencias (112) y, si se dispone de naloxona, administrarla para revertir los efectos de la intoxicación (National Institute on Drug Abuse, 2022).
¿Qué puede hacer la familia y el entorno?
La familia y el entorno cercano pueden ser de gran ayuda si comprenden que la adicción a los fármacos opioides constituye un problema de salud tanto física como mental y no solamente una cuestión de fuerza de voluntad (APA, 2022; Manual MSD, 2025). Además, será fundamental informarse sobre el trastorno, ya que entenderlo mejor ayuda a acompañar de forma más adecuada al afectado.
Hablar en momentos tranquilos, expresar la preocupación en primera persona y centrarse en hechos concretos, como cambios en el comportamiento, somnolencia u olvidos, puede facilitar que la persona se plantee pedir ayuda (SERGAS, 2022). Del mismo modo, es importante poner límites a conductas de riesgo, como conducir bajo los efectos del medicamento o mezclarlo con alcohol, y no encubrir las consecuencias del consumo, para no mantener sin querer el problema (SERGAS, 2022).
Los familiares también necesitan momentos de autocuidado. Esto incluye buscar orientación profesional y acudir a grupos para familiares o a espacios de apoyo, ya que puede reducir el desgaste emocional y ayudar a sostener el acompañamiento a medio y largo plazo (SERGAS, 2022; National Institute on Drug Addiction, 2026).
Tratamientos y apoyos disponibles
Para tratar un trastorno por consumo de opioides, existen multitud de recursos, servicios y tratamientos tanto en el ámbito público como privado. El tratamiento es multidisciplinar, por lo que resulta importante la coordinación entre equipos médicos, psicológicos y de intervención social. Además, estos recursos no solo ofrecen tratamiento a los pacientes, sino que también brindan acompañamiento y apoyo a sus familiares. Entre los recursos disponibles se incluyen los siguientes:
- Ministerio de Sanidad: Centros de Atención a las Adicciones Portal Plan Nacional sobre Drogas – Ayuda Cerca de ti
- Centros de tratamiento ambulatorios de adicciones (CTA) en la Comunidad de Madrid Atención en adicciones | Comunidad de Madrid
- Asesoramiento y Asistencia para el Tratamiento de Adicciones. Recuperatio. Recuperatio | Centros de Desintoxicación en España
- Fundaciones
- Proyecto Hombre. Portada – Proyecto Hombre
- Fundación Hay Salida. Centro Tratamiento Adicciones Madrid | Fundación Hay Salida
- Fundación Recal. Fundación Recal – Tratamiento de adicciones
- Federación Provincial de Adicciones Liberación. Federación Liberación – Federación Provincial de Drogodependencias Sevilla
- Clínicas y centros
- ORBIUM. Centro de Desintoxicación Madrid – Centro de Adicciones | ORBIUM
- UniAdic. Especializados en Adicciones y Salud Mental | Madrid
- Clínica Recal. Centro desintoxicación Madrid y Tratamiento de Adicciones ▷ Clínica Recal
- CAT Barcelona. CAT Barcelona | Adicciones y Salud Mental en Barcelona | Top Doctors
Prevención específica
La prevención del consumo de opioides se presenta como un reto prioritario de salud pública, debido a su elevado potencial adictivo y al riesgo de sobredosis (World Health Organization, 2023). A diferencia de otras sustancias, una parte significativa de los casos se origina en el contexto sanitario, a través de la prescripción médica. Esto obliga a desarrollar estrategias preventivas específicas centradas en el sistema de salud (Centers for Disease Control and Prevention, 2025; Dowell, 2022).
Una de las medidas preventivas más eficaces es la prescripción responsable de opioides (Ministerio de Sanidad, 2021). Esta actividad debe incluir por parte del médico una evaluación precoz del riesgo de abuso de sustancias mediante herramientas de cribado como la Opioid Risk Tool (Webster & Webster, 2005; National Institute on Drug Abuse, s.f.); además de una prescripción mínima, es decir, la dosis más baja posible durante el menor tiempo necesario. De esta manera, se reduce el riesgo de desarrollar tolerancia y dependencia (Centers for Disease Control and Prevention, 2022; Dowell, 2022). El seguimiento y la supervisión continuada serán elementos clave en la prevención (Ministerio de Sanidad, 2021). La formación de profesionales sobre el uso problemático de analgésicos opioides y la monitorización del consumo, por ejemplo, mediante los datos arrojados por la Encuesta sobre Alcohol y Otras Drogas en España y los registros de dispensación, ayudan a detectar a tiempo patrones de uso de riesgo y a ofrecer intervenciones tempranas.
En población ya afectada, y dentro de la prevención terciaria, deben introducirse medidas para reducir los daños existentes. En caso de sobredosis, debe facilitarse la disponibilidad de naloxona o antagonistas opioides que permitan revertir rápidamente la intoxicación y evitar consecuencias letales (Centers for Disease Control and Prevention, 2025). Además, la prevención en población afectada incluye el tratamiento integral de la patología y la psicoeducación a familiares (World Health Organization, 2023).
En población general, y como prevención primaria, las estrategias deben enfocarse en la educación específica sobre el riesgo del consumo de opioides. En España, estas acciones se desarrollan en el marco del Plan Nacional sobre Drogas, que promueve intervenciones educativas dirigidas a jóvenes y colectivos vulnerables (Ministerio de Sanidad, 2017).
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Conducta sexual compulsiva (CSC)
Descripción breve
La Conducta Sexual Compulsiva (CSC) está reconocida como trastorno por la Organización Mundial de la Salud en la clasificación CIE-11. Se trata de un patrón persistente de incapacidad para controlar impulsos o deseos sexuales intensos y recurrentes, lo que deriva en un comportamiento sexual repetitivo (Chapman, 2025; Gaudet et al., 2025; Organización Mundial de la Salud [OMS], 2025).
Se caracteriza por pérdida de control, falta de satisfacción, inversión excesiva de tiempo y continuación de la conducta a pesar de las consecuencias negativas en lo económico, familiar, legal, laboral o académico (Chapman, 2025; Gaudet et al., 2025; Organización Mundial de la Salud [OMS], 2025).
Prevalencia
Según las investigaciones de Kafka (2009), se estima que entre el 3% y el 6% de la población manifiesta dificultades relacionadas con la denominada «adicción al sexo», aunque estos estudios son de hace años, las investigaciones más recientes mantienen estas cifras, aunque aumentan cuando se refieren al Uso Problemático de la Pornografía, que ascienden al 10-12%. No obstante, estas cifras podrían representar solo una parte del problema. El acceso masivo a la pornografía mediante dispositivos digitales sugiere que una proporción mucho más amplia de la sociedad podría estar manteniendo un consumo problemático. Este hábito no solo deteriora la calidad de la vida sexual del usuario, sino que favorece el desarrollo de adicciones comportamentales (Villena & Chiclana, 2019).
En esta misma línea, un estudio de 2018 basado en la National Survey of Sexual Health de EE. UU. observó que aproximadamente un 10,3% de los hombres y un 7% de las mujeres presentaban síntomas claros de conductas sexuales fuera de control (Dickenson et al., 2018).
Señales de alarma
Existen diversos indicadores que pueden alertar sobre un problema de este tipo, como el sentimiento de pérdida de control al intentar reducir la conducta sin éxito y la centralidad que adquiere el hábito, convirtiéndose en el eje de la vida y desplazando otras actividades (Infocop, 2023). También resulta preocupante la aparición de tolerancia, que se manifiesta como la necesidad de aumentar la intensidad para sentir la misma satisfacción, junto a los síntomas de abstinencia o malestar físico y emocional cuando no se puede realizar la conducta. Por último, la persistencia del comportamiento a pesar de los daños que ocasiona y la interferencia significativa en el ámbito social, laboral o académico son señales claras de que la situación requiere atención profesional (Infocop, 2023).
Criterios de adicción
La Organización Mundial de la Salud, en su Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11), establece para el Trastorno por comportamiento sexual compulsivo (Compulsive sexual behaviour disorder) los siguientes criterios (OMS, 2025):
- Conductas sexuales repetitivas que se convierten en el foco principal de la vida de la persona, hasta el punto de descuidar su salud o la atención de otros intereses, actividades o responsabilidades
- Ha realizado numerosos intentos fallidos para controlar o reducir significativamente su conducta sexual
- Continúa llevando a cabo la conducta sexual a pesar de las consecuencias adversas, como la ruptura de relaciones o el impacto negativo en la salud o el ámbito laboral u ocupacionales
- Continúa con la conducta sexual aun cuando no se obtiene placer de ella o este es muy reducido
- La conducta se manifiesta durante un período prolongado, por ejemplo, 6 meses o más.
Además, la DSM-5 proponía en su borrador el Trastorno Hipersexual como un trastorno del deseo sexual no parafílico, caracterizado por un aumento en la frecuencia e intensidad de fantasías, excitación, impulsos y conductas sexuales, asociadas a un componente de impulsividad, que provocan un malestar clínico significativo o un deterioro social u ocupacional (Chiclana, 2020; Kafka, 2009). Posteriormente este borrador de trabajo fue modificándose y proponían los siguientes criterios diagnósticos:
A. Durante un período de al menos seis meses, presenta fantasías sexuales recurrentes e intensas, impulsos sexuales y conducta sexual en asociación con cuatro o más de los siguientes cinco criterios:
- Consume excesivo tiempo en fantasías e impulsos sexuales, planificando y participando en conductas sexuales.
- Repetidamente desarrolla esas fantasías, impulsos y conductas sexuales como respuesta a estados de ánimo disfóricos (por ejemplo: ansiedad, depresión, aburrimiento, irritabilidad).
- Repetidamente desarrolla fantasías, impulsos y conductas sexuales como respuesta a eventos estresantes de la vida.
- Repetitivos pero infructuosos esfuerzos por controlar o reducir significativamente esas fantasías, impulsos y conductas sexuales.
- Repite el comportamiento sexual sin tener en cuenta el riesgo de daño físico o emocional a sí mismo o a otros.
B. Hay un malestar clínicamente significativo o deterioro personal en las áreas social, profesional o de otro tipo de funcionamiento, asociado con la frecuencia e intensidad de estas fantasías, impulsos y conductas sexuales.
C. Estas fantasías sexuales, impulsos y conductas no se deben a los efectos fisiológicos directos de sustancias exógenas (por ejemplo, drogas de abuso o medicación) o a episodios maníacos.
D. La persona tiene al menos 18 años.
Aconseja especificar si las conductas son masturbación, consumo de pornografía, conductas sexuales con el consentimiento de adultos, prácticas de cibersexo, llamadas a teléfonos de contenido sexual o asistencia a clubs de striptease o similares.
Como se puede observar los profesionales que proponen estos criterios se fijan en si se ha invertido una gran cantidad de tiempo en la conducta sexual; se ha empleado para afrontar sentimientos desagradables o para afrontar responsabilidades o problemas estresantes; se ha querido disminuir y no ha sido posible; se ha mantenido la conducta pudiendo causar enfermedad, daño emocional al paciente, a la pareja sexual o a otros; ha producido malestar a sí mismo o ha provocado problemas personales, sociales, laborales o en otras áreas (Chiclana, 2020).
Efectos a corto y largo plazo
A corto plazo, las consecuencias suelen manifestarse como una respuesta emocional inmediata al ciclo de pérdida de control. Es común experimentar un malestar emocional agudo caracterizado por sentimientos de culpa, humillación y angustia tras la conducta, lo que deriva en un deterioro de la autopercepción y la sensación de “estar atrapado» y de pérdida de libertad. Además, se observa una clara desregulación emocional, en la que el sexo se utiliza erróneamente para mitigar la ansiedad o la soledad, generando simultáneamente expectativas irreales que distorsionan la visión de una sexualidad saludable en encuentros reales (Chiclana, 2020).
Con el paso del tiempo, este patrón compulsivo provoca daños estructurales más profundos. Chiclana (2020) destaca que la persistencia de estas conductas puede causar alteraciones neurobiológicas, como una menor conectividad en la corteza prefrontal, lo que dificulta la regulación de impulsos. En el aspecto personal, esto interfiere en el desarrollo psicosexual y puede derivar en disfunciones sexuales crónicas. Finalmente, el impacto se extiende al entorno del individuo, provocando un grave deterioro relacional y familiar, riesgos socioeconómicos o legales, y una quiebra del bienestar espiritual al perderse la coherencia con el propio proyecto de vida (Chiclana, 2020; Sober Nation, s.f.).
Factores de riesgo
Los factores de riesgo y variables relacionadas con la conducta sexual compulsiva son de naturaleza múltiple y pueden agruparse en diversas categorías.
En el plano personal y psicológico, influyen significativamente la presencia de patologías psiquiátricas previas, ciertos rasgos de personalidad como la introversión o la baja autoestima, y la falta de un proyecto vital sólido que proporcione sentido al individuo (Chiclana, 2020).
Asimismo, el entorno familiar y el desarrollo temprano desempeñan un papel determinante. Factores como el establecimiento de un apego inseguro, haber sufrido traumas o abusos en la infancia y la exposición prematura a contenido pornográfico aumentan considerablemente la vulnerabilidad (Chiclana, 2020; Sober Nation, s.f.). A estos elementos se suman condicionantes externos y sociales, como una formación sexual deficiente, problemas en la gestión de las relaciones interpersonales y el consumo de sustancias tóxicas, que favorecen el desarrollo de la conducta problema (Chiclana, 2020).
Todos estos factores no determinan que una persona vaya a presentar una conducta sexual compulsiva, sino que aumentan la vulnerabilidad y, por tanto, la probabilidad de que ocurra.
Relación con otros problemas de salud mental
El trastorno de conducta sexual compulsiva se asocia frecuentemente con trastorno por déficit de atención e hiperactividad, trastornos del estado de ánimo – especialmente depresión y ansiedad -, el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), el abuso de sustancias y las adicciones a las tecnologías. En la práctica clínica, la conducta sexual puede ser el síntoma visible de una enfermedad psiquiátrica primaria, como un episodio maníaco o una depresión profunda, que debe tratarse junto con la conducta compulsiva (Chiclana, 2020).
Evaluación: ¿cómo sé si tengo un problema?
Inventario de Conducta Hipersexual – versión española validada (Hypersexual Behaviour Inventory (HBI)) (Ballester-Arnal et al., 2019).
Problematic Pornography Consumption Scale versión breve (PPCS-6) (Villena-Moya et al., 2024)
Evaluación: ¿cómo sé si mi familiar tiene un problema?
Identificar si un familiar tiene un problema con la Conducta Sexual Compulsiva o con el uso problemático de pornografía puede ser difícil, ya que estos comportamientos suelen ocurrir en la intimidad y están rodeados de secreto, vergüenza y culpa (Chapman, 2025).
Es posible que tu familiar tenga un trastorno de conducta sexual compulsiva si cumple los criterios diagnósticos del CIE-11 o, si hay secretismo o engaño, si presenta cambios en el estado de ánimo, si existe un deterioro relacional o si emplea el sexo como forma de regulación emocional (Chapman, 2025; Chiclana, 2020; Gaudet et al., 2025).
Ante estas sospechas, pedir orientación en un recurso especializado en conductas sexuales o hablar con un profesional de salud mental puede ayudar a valorar la situación y decidir los siguientes pasos.
Tratamientos y apoyos disponibles
Si sientes que has perdido el control con el uso de la pornografía o el sexo – apps de citas, encuentros fortuitos, visualización compulsiva de contenido sexual, etc. – o te preocupa alguien de tu entorno, es fundamental entender que existen recursos y tratamientos específicos diseñados para esta situación (Chiclana, 2020; Sober Nation, s.f.). La conducta sexual compulsiva no es simplemente un problema de «vicio» o de falta de voluntad; es un trastorno complejo en el que buscar orientación profesional de manera temprana es el paso más decisivo para recuperar el equilibrio.
La psicoterapia constituye el eje principal de la intervención. Se emplean enfoques como la terapia cognitivo-conductual (TCC), que ayuda a identificar los pensamientos que alimentan el ciclo y a desarrollar habilidades para regular las emociones. En estas sesiones se trabaja sobre la desregulación afectiva, entendiendo que muchas veces el sexo se utiliza como una vía errónea para calmar el estrés, la soledad o el aburrimiento. También pueden integrarse técnicas de Mindfulness o de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) para aprender a manejar los impulsos sin dejarse arrastrar por ellos (Chiclana, 2020).
Un aspecto clave es el apoyo psicoeducativo y relacional. A menudo se requiere una reeducación afectivo-sexual para reconstruir una visión de la sexualidad que sea saludable y no cosifique. La terapia de pareja y de familia suele ser de gran ayuda para sanar los vínculos que hayan podido deteriorarse y para establecer nuevos patrones de confianza. Además, los grupos de apoyo ofrecen un entorno de validación esencial donde se comparte el proceso de mejora con personas que atraviesan dificultades similares (Chiclana, 2020).
En el ámbito médico, el primer paso es descartar cualquier causa orgánica, como problemas neurológicos o endocrinos. En cuanto a los fármacos, no existe una medicación única aprobada exclusivamente para la conducta sexual compulsiva. Sin embargo, los especialistas pueden recetar medicación si existen problemas asociados como depresión, ansiedad o un trastorno obsesivo-compulsivo que esté agravando el cuadro (Chiclana, 2020). La decisión de incluir apoyo farmacológico siempre debe ser evaluada por un médico tras un análisis clínico exhaustivo.
El objetivo último no es solo reducir la conducta problemática, sino que la persona recupere el protagonismo de su vida y construya un proyecto vital con sentido, reparando poco a poco su bienestar emocional y espiritual.
Si estás en esta situación, o alguien cercano lo está, en España hay recursos específicos donde puedes pedir ayuda:
- Recursos Públicos del Sistema Nacional de Salud: los Centros de Salud Mental (CSM), donde psiquiatras y psicólogos clínicos realizan el diagnóstico diferencial para descartar otras patologías, como depresión, ansiedad o TOC.
- Asociaciones y grupos de ayuda mutua gratuitos: SA (Sexólicos Anónimos) siguen el modelo de los 12 pasos. Tiene grupos presenciales en ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla, además de reuniones online diarias. https://sexolicosanonimos.org/
- Entidades Especializadas: Dale una Vuelta, una plataforma líder en España enfocada específicamente en la adicción a la pornografía. Ofrecen recursos educativos, testimonios y un directorio de profesionales especializados. https://www.daleunavuelta.org/
Si te reconoces en parte de lo que has leído o te preocupa la situación de alguien cercano, puedes empezar contactando con tu centro de salud, con una asociación especializada o una clínica. No hace falta que tengas todo “claro” para pedir ayuda: precisamente, parte del trabajo consistirá en aclarar qué está pasando y qué apoyo necesitas.
¿Qué puede hacer la familia y el entorno?
La familia puede ayudar observando y nombrando el problema sin ataques personales, mostrando preocupación por la salud, la seguridad económica y el bienestar emocional del entorno y proponiendo buscar ayuda profesional. También pueden involucrarse en la alfabetización y deben priorizar la creación de un clima de confianza y comunicación abierta para que la persona pueda platear sus dudas y no se sienta juzgada al exponer su situación actual (Chapman, 2025; Chiclana, 2020).
Buscar apoyo para la propia familia, ya sea mediante orientación profesional o grupos de familiares, puede aliviar la carga, cuidar el propio bienestar emocional y ofrecer estrategias concretas para manejar la situación.
Prevención específica
Las estrategias de prevención incluyen:
- Educación afectivo sexual: una formación que comience desde la escuela primaria e integre las dimensiones físicas, afectivas y de valores. El objetivo es que los jóvenes aprendan sobre el respeto, el consentimiento y el placer compartido, construyendo una identidad saludable que sustituya los «guiones» distorsionados que a menudo reciben de los medios (Andamon et al., 2025; Vall-Castelló et al., 2025)
- Alfabetización pornográfica (porn literacy): dado que internet actúa a menudo como un «manual de instrucciones» silencioso, resulta esencial dotar a los adolescentes de herramientas críticas para que entiendan que la pornografía es una construcción mediática editada y no un reflejo de la realidad. Esta capacidad de análisis ayuda a desmitificar el contenido y reduce la cosificación y la normalización de actitudes sexistas o violentas (Thomas & Buijzen, 2025; Villena & Chiclana, 2019)
- Estrategias de regulación emocional: muchas veces, el uso problemático del sexo surge como un mecanismo de escape frente al estrés, la soledad o la ansiedad. Por ello, es esencial enseñar estrategias de regulación emocional y habilidades de afrontamiento saludables (Chiclana, 2020; Gaudet et al., 2025)
- Ámbito familiar: un clima de confianza y comunicación abierta permite detectar señales de riesgo a tiempo, especialmente en una generación donde el primer contacto con la pornografía suele ocurrir antes de los 13 años. Además de la supervisión digital, el entorno debe fomentar el desarrollo de un «proyecto vital» que brinde a la persona un sentido de propósito (Vall-Castelló et al., 2025; Chiclana, 2020).
En conjunto, estas medidas contribuyen a reducir el riesgo de desarrollar este trastorno y a facilitar que las personas pidan ayuda en fases más tempranas.
Referencias bibliográficas
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Villena-Moya, A., Granero, R., Chiclana-Actis, C., Potenza, M. N., Blycker, G. R., Demetrovics, Z., Bőthe, B., Steward, T., Fernández-Aranda, F., Jiménez-Murcia, S., & Mestre-Bach, G. (2024). Spanish Validation of the Long and Short Versions of the Problematic Pornography Consumption Scale (PPCS and PPCS-6) in Adolescents. Archives of sexual behavior, 53(2), 673–687. https://doi.org/10.1007/s10508-023-02700-9
Tramadol
Descripción breve
El tramadol es un analgésico opioide sintético que actúa sobre el sistema nervioso central y se utiliza para el tratamiento del dolor de intensidad moderada a intensa (AEMPS, 2023; Grond & Sablotzki, 2004). Actúa a través de un mecanismo dual y sinérgico al unirse a receptores opioides presentes en el Sistema Nervioso Central y además inhibir la recaptación de serotonina y noradrenalina – mecanismo que potencia su efecto analgésico, pero también explica parte de sus efectos secundarios de corte neurológico y emocional (AEMPS, 2020; AEMPS, 2023; Martínez et al., 2024; Ministerio de Sanidad, 2025).
En cuanto a su potencial adictivo, el tramadol se considera un opioide débil (Saenz, 2025; Tejada & Romero, 2022). Aunque su poder adictivo es menor en comparación con otros opioides de mayor potencia, su naturaleza como racemato le otorga un perfil farmacodinámico único que contribuye tanto a su eficacia como a su toxicidad específica (Grond & Sablotzki, 2004)
La adicción al tramadol se incluye dentro del trastorno por consumo de opioides y se caracteriza por un patrón problemático de uso que conlleva pérdida de control, dependencia física o psicológica y persistencia del consumo a pesar de consecuencias negativas, similar a lo que ocurre con otros opioides (APA, 2022; Manual MSD, 2025).
Datos en España
En España, el tramadol es uno de los analgésicos opioides más consumidos y recetados, especialmente en combinación con paracetamol (AEMPS, s.f.) y se receta de forma habitual para el tratamiento del dolor crónico no oncológico (Ministerio de Sanidad, 2024; Sempere, 2024).
Según el análisis de la Encuesta sobre Alcohol y Drogas en España (EDADES, 2024) en torno al 6-7% de la población de 15 a 64 años ha utilizado medicamentos opioides en los últimos 12 meses y aproximadamente el 87% de ese consumo se asocia al tramadol (EDADES, 2024). Los datos muestran un aumento progresivo del uso de tramadol en los últimos años, con mayor prevalencia en mujeres y en personas de mediana y avanzada edad con dolor crónico, lo que ha llevado a reforzar las recomendaciones de uso prudente y seguimiento estrecho (DGPNSD, 2025; Sempere, 2024).
Señales de alarma
Algunas señales que pueden indicar que está empezando a haber un problema con el tramadol son: dificultad para ajustarse a la dosis prescrita, tomar más cantidad de la pautada o acortar los intervalos entre tomas “porque el dolor vuelve antes” (AEMPS, 2023; SERGAS, 2022). También puede ser una señal de alarma usar el medicamento no solo para el dolor físico, sino para manejar ansiedad, tristeza o estrés, invertir mucho tiempo en conseguir recetas o medicamentos, o seguir tomándolo a pesar de notar efectos negativos en el ánimo, el sueño, la memoria o las relaciones (Manual MSD, 2025; SERGAS, 2022). La aparición de síntomas de abstinencia (inquietud, insomnio, sudoración, malestar general e irritabilidad) cuando se intenta bajar la dosis o suspenderlo y el deterioro en el rendimiento académico, laboral o familiar son indicadores importantes de consumo problemático (Adictalia, 2024; APA, 2022).
Efectos a corto y largo plazo
A corto plazo el tramadol produce efectos como somnolencia, mareos, dolor de cabeza, náuseas, vómitos, estreñimiento, sudoración y picor, además de cambios en el estado de ánimo, sensación de embotamiento o dificultades de concentración (AEMPS, 2023; MedlinePlus, 2024). También puede afectar al sistema cardiovascular y respiratorio, produciendo hipotensión, cambios en el ritmo cardíaco y, a dosis altas o combinado con otros depresores, depresión respiratoria (MedlinePlus, 2024).
Cuando el consumo se mantiene en el tiempo, pueden aparecer tolerancia (necesidad de más medicación para notar el mismo efecto), dependencia física y psicológica, aumento de la sensibilidad al dolor (hiperalgesia), estreñimiento crónico, alteraciones cognitivas y cambios emocionales (AEMPS, 2023; SERGAS, 2022). El uso prolongado sin revisiones periódicas puede interferir en el funcionamiento diario, aumentar el riesgo de caídas, empeorar otros problemas de salud y favorecer la aparición de un trastorno por consumo de opioides (ESTUDES, 2024; Sempere, 2024).
Factores de riesgo
El desarrollo de una adicción al tramadol no depende solo del fármaco, sino de la interacción entre factores biológicos, psicológicos y sociales, como ocurre con otras adicciones (Mayo Clinic, 2026; SERGAS, 2022).
Aumentan el riesgo los antecedentes personales o familiares de problemas con sustancias, la presencia de depresión, ansiedad u otros trastornos mentales, el dolor crónico intenso, tratamientos de larga duración o con dosis altas y el acceso fácil a la medicación sin un seguimiento cercano (Mayo Clinic, 2025; Sempere, 2024). También incrementa el riesgo mezclar tramadol con alcohol, benzodiacepinas u otros fármacos que deprimen el sistema nervioso central, ya que se potencia la sedación y la posibilidad de sobredosis (AEMPS, 2024; SERGAS, 2022).
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Ministerio de Sanidad. (2024). Los analgésicos opioides en nuestro sistema de vigilancia de drogas y adicciones. Ministerio de Sanidad. https://pnsd.sanidad.gob.es/noticiasEventos/agoraDGPNSD/2024/Agora21/20241010__XXI_AGORA_AlbertoMDominguez.pdf
Ministerio de Sanidad. (2025). Uso de opioides para el dolor crónico no oncológico. Documento de apoyo, algoritmos y anexos. Ministerio de Sanidad. https://www.sanidad.gob.es/areas/farmacia/publicaciones/planOptimizacion/docs/opioides/Documento_Apoyo_Algoritmos_y_Anexos.pdf
NIDA. (2026). Medicamentos para el trastorno por consumo de opioides. National Institutes of Health. https://nida.nih.gov/es/areas-de-investigacion/medicamentos-para-el-trastorno-por-consumo-de-opioides
Sempere, M. (2024, 27 de febrero). Los opioides no han demostrado un perfil beneficio‑riesgo favorable en el dolor crónico no oncológico. Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (semFYC).
Servicio Galego de Saúde. (2022). Uso problemático de los analgésicos opioides de prescripción en atención primaria. SERGAS.
Fentanilo
Descripción breve
El fentanilo es un opioide sintético del grupo de los analgésicos narcóticos. A diferencia de otros opioides, se sintetiza en laboratorio y actúa hasta 50 / 100 veces más que la morfina (González et al., 2024).
Actúa uniéndose a los receptores opioides del Sistema Nervioso Central, modificando la percepción del dolor y produciendo una intensa analgesia y sedación (González et al., 2024). Se indica para el tratamiento de dolores irruptivos, que perseveran pese a recibir un tratamiento farmacológico potente, dolor intenso agudo, dolor crónico y como anestesia sobre todo en pacientes oncológicos (MedlinePlus, s.f.).
El fentanilo posee un elevado potencial adictivo. Este activa el sistema de recompensa cerebral, favoreciendo el desarrollo de la necesidad de consumo y la adicción. La interacción entre factores biopsicosociales puede llevar a la persona a establecer una relación de dependencia física y psicológica con dicha sustancia. Un uso no supervisado de la sustancia puede generar tolerancia al medicamento, craving, síndrome de abstinencia cuando no se consume, dependencia y en casos graves, sobredosis y daños irreversibles (González et al., 2024).
De acuerdo con los datos arrojados por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (Centers for Disease Control and Prevention, 2021), en el año 2017 se registraron en Estados Unidos más de 47.460 muertes por sobredosis de drogas, principalmente asociadas a opioides sintéticos. Esta cifra se mantuvo relativamente estable hasta 2019. Sin embargo, en 2020 se produjo un aumento notable, alcanzando las 68.630 muertes, seguido de un nuevo incremento en 2021, cuando se notificaron 80.411 fallecimientos por sobredosis.
Datos en España
En España el fentanilo es un medicamento sujeto a prescripción médica estricta. Su uso se limita a indicaciones específicas como el dolor agudo o el dolor crónico intenso, sobre todo en casos oncológicos (González et al., 2024).
El Ministerio de Sanidad contempla su financiación en casos clínicos concretos, especialmente en dolor oncológico(Ministerio de Sanidad, s.f.).
El consumo de fentanilo en España se mantiene relativamente bajo en comparación con otros países (EDADES, 2024; Alcántara et al., 2024). En comparación con el año 2022 el consumo actual ha descendido en población de 15 a 64 años (EDADES, 2024). Sin embargo, sigue existiendo una creciente vigilancia sobre el fentanilo debido a su elevada peligrosidad.
Organismos internacionales y nacionales han alertado sobre la aparición de fentanilo en el mercado ilegal. Esta distribución fraudulenta exacerba el riesgo de sobredosis (Mountenery et al., 2015).
Efectos a corto y a largo plazo
Además de los efectos terapéuticos esperados, analgesia intensa y sedación, pueden registrarse otros. Según la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS, s.f.) la afectación a corto plazo es multidimensional. En el marco psiquiátrico, el consumo de dicha sustancia puede desencadenar estados de agitación (frecuente), delirios (frecuencia desconocida) y estado de ánimo eufórico (poco frecuente). Sensorialmente pueden producirse perturbaciones visuales (frecuente) y sequedad bucal (González et al., 2024). Como trastornos cutáneos pueden aparecer llagas y abscesos. Como afectación nerviosa destacan mareos, cefaleas, convulsiones y rigidez muscular (siendo esta última muy frecuente). Destacan signos cardiorrespiratorios como la bradicardia, taquicardia, arritmias, paro cardiaco, depresión respiratoria, apneas, broncoespasmos, hiperventilación e hipoventilación son posibles. Además pueden darse náuseas, vómitos y acidez estomacal como principal sintomatología gastrointestinal (AEMPS, s.f.). En casos de extrema toxicidad, puede desencadenarse una sobredosis. La peligrosidad del fentanilo radica en su potencia. Las pequeñas dosis ya pueden generar sobredosis e intoxicación (National Institute on Drug Abuse, 2025).
El consumo prolongado de fentanilo genera efectos y daños a largo plazo que repercuten en la funcionalidad y bienestar percibido de la persona. La tolerancia (necesidad de incrementar las dosis al haber acostumbrado al cuerpo a dosis indicadas o previas), dependencia física y psicológica a la sustancia, abstinencia a la hora de no consumir, hiperalgesia, estreñimiento crónico, alteraciones cardiovasculares, alteraciones hepáticas, alteraciones renales, pérdida de peso, pérdida de la erección y afectaciones emocionales y cognitivas (ansiedad, depresión, trastornos de memoria) son algunos de los síntomas que emergen ante un consumo prolongado de fentanilo (González et al., 2024; MedlinePlus, s.f.; National Health Service, 2023).
La retirada brusca no está recomendada, ya que puede provocar síntomas de abstinencia intensos. Por ello su retirada debe realizarse bajo control y supervisión médica.
Factores de riesgo
Cabe destacar que el desarrollo de esta adicción resulta de la interacción entre factores biológicos, psicológicos, sociales y contextuales, descritos previamente en la sección de opioides.
Referencias bibliográficas
Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). (s.f.). Ficha técnica: Fentanilo Ethypharm 50 microgramos/ml solución inyectable. Centro de Información de Medicamentos (CIMA). https://cima.aemps.es/cima/dochtml/ft/84102/FT_84102.html
American Psychiatric Association. (2022). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5ª ed., texto revisado.). Editorial Médica Panamericana.
Alcántara Montero, A., Pacheco De Vasconcelos, S. R., & Castro Arias, A. (2024). Situación actual del fentanilo en España. Medicina de Familia. SEMERGEN, 50(6), 102255. https://doi.org/10.1016/j.semerg.2024.102255
Centers for Disease Control and Prevention. (2021). Datos sobre el fentanilo. https://www.cdc.gov/stop-overdose/es/caring/datos-sobre-el-fentanilo.html
Gonzalez Lozano, R. U., Morales Zárate, J. I., & Rebollar López, E. J. (2024). Revisión documental de fentanilo. Revista Mexicana de Ciencias Penales, 7(22), 29-48. https://doi.org/10.57042/rmcp.v7i22.657
MedlinePlus medicinas. (s. f.). Fentanilo. Recuperado 26 de marzo de 2026, de https://medlineplus.gov/spanish/druginfo/meds/a605043-es.html
Ministerio de Sanidad – Profesionales de la Salud – Buscador situación financiación medicamentos. (s. f.). https://www.sanidad.gob.es/profesionales/medicamentos.do?cn=795419&metodo=verDetalle&utm_source=chatgpt.com
Ministerio de Sanidad. (2024). Encuesta sobre Alcohol y otras Drogas en España (EDADES) 2024. Ministerio de Sanidad, Gobierno de España. https://pnsd.sanidad.gob.es/profesionales/sistemasInformacion/sistemaInformacion/pdf/2025/2025_Informe_EDADES.pdf
Ministerio de Sanidad. (2025). Encuesta sobre uso de drogas en Enseñanzas Secundarias en España (ESTUDES) 2025. Ministerio de Sanidad, Gobierno de España. https://pnsd.sanidad.gob.es/profesionales/sistemasInformacion/sistemaInformacion/pdf/2025/ESTUDES_2025_Informe_nacional_df.pdf
Mounteney, J., Giraudon, I., Denissov, G., & Griffiths, P. (2015). Fentanyls: Are we missing the signs? Highly potent and on the rise in Europe. International Journal of Drug Policy, 26(7), 626-631. https://doi.org/10.1016/j.drugpo.2015.04.003
National Health Service (NHS). (2023). Side effects of fentanyl. https://www.nhs.uk/medicines/fentanyl/side-effects-of-fentanyl/
NIDA. 2025, June 6. Fentanyl . Retrieved from https://nida.nih.gov/research-topics/fentanyl on 2026, May 8.
Oxicodona
Descripción breve
La oxicodona es un producto semisintético derivado de la tebaína que actúa uniéndose a receptores cerebrales y genera efectos narcóticos, analgésicos, sedantes y ansiolíticos. Se utiliza para tratar el dolor crónico – especialmente el dolor neuropático -, el dolor oncológico o la neuralgia postherpética. La evidencia científica respalda la indicación de oxicodona en casos de síndrome de Tourette (combinada con clonidina) y síndrome de las piernas inquietas (MedlinePlus, s.f.).
La oxicodona genera efectos similares a los de la morfina. Por ello se receta como primera opción en casos en los que el paciente presenta escasa tolerancia a la morfina (MedlinePlus, s.f.).
Sin embargo, la oxicodona posee un potencial adictivo intrínseco. La interacción entre factores biológicos, físicos, sociales y contextuales puede generar dependencia y adicción (Sanz, 2005). La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios indica que la administración repetida de la oxicodona produce tolerancia, dependencia tanto física como psicológica, síndrome de abstinencia cuando no se consume y en casos graves, sobredosis. Su abuso descontrolado y repetido puede generar un trastorno por consumo de opioides (AEMPS, 2021; APA, 2022).
Datos en España
En España, la oxicodona es un medicamento sujeto a prescripción médica (Real Decreto 1675/2012 del 14 de diciembre, BOE). Sin embargo, su prescripción y la mortalidad asociada al consumo, tanto legal como ilegal, han aumentado de manera significativa en los últimos años (Salazar et al., 2023).
El Ministerio de Sanidad Español financia medicamentos que incluyen oxicodona en casos concretos (Ministerio de Sanidad, s.f.).
Aunque la codeína y el tramadol siguen siendo los opioides más consumidos en España debido a su uso para el dolor moderado, la oxicodona es el fármaco de referencia dentro de los «opioides mayores» (EDADES, 2024).
Factores de riesgo
El desarrollo de esta adicción resulta de la interacción entre factores biológicos, psicológicos, sociales y contextuales, descritos en las referencias de los opioides.
Referencias bibliográficas
Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios. (2021). Boletín mensual de la AEMPS sobre medicamentos de uso humano del mes de diciembre de 2021. https://www.aemps.gob.es/informa/boletines-aemps/boletin-fv/2021-boletin-fv/boletin-mensual-de-seguridad-de-la-aemps-sobre-medicamentos-de-uso-humano-del-mes-de-diciembre-de-2021/
American Psychiatric Association. (2022). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5ª ed., texto revisado.). Editorial Médica Panamericana.
MedlinePlus medicinas. (s. f.). Oxicodona. Recuperado 26 de mayo de 2026, de https://medlineplus.gov/spanish/druginfo/meds/a682132-es.html
Ministerio de Sanidad – Profesionales de la Salud – Buscador situación financiación medicamentos. (s. f.). https://www.sanidad.gob.es/profesionales/medicamentos.do?cn=795419&metodo=verDetalle&utm_source=chatgpt.com
Ministerio de Sanidad. (2024). Encuesta sobre Alcohol y otras Drogas en España (EDADES) 2024. Ministerio de Sanidad, Gobierno de España. https://pnsd.sanidad.gob.es/profesionales/sistemasInformacion/sistemaInformacion/pdf/2025/2025_Informe_EDADES.pdf
Ministerio de Sanidad. (2025). Encuesta sobre uso de drogas en Enseñanzas Secundarias en España (ESTUDES) 2025. Ministerio de Sanidad, Gobierno de España. https://pnsd.sanidad.gob.es/profesionales/sistemasInformacion/sistemaInformacion/pdf/2025/ESTUDES_2025_Informe_nacional_df.pdf
Real Decreto 1675/2012, de 14 de diciembre, por el que se regulan las recetas oficiales y los requisitos especiales de prescripción y dispensación de estupefacientes para uso humano y veterinario, Legislation No. Real Decreto 1675/2012, BOE-A-2012-15711 89272 (2012). https://www.boe.es/eli/es/rd/2012/12/14/1675
Sanz, J. (2005). Oxicodona. Revista de la Sociedad Española del Dolor, 12(8), 525-531. https://scielo.isciii.es/pdf/dolor/v12n8/revision2.pdf
Salazar, A., Moreno-Pulido, S., Prego-Meleiro, P., Henares-Montiel, J., Pulido, J., Donat, M., Sotres-Fernandez, G., & Sordo, L. (2023). Correlation between opioid drug prescription and opioid-related mortality in Spain as a surveillance tool: Ecological study. JMIR Public Health and Surveillance, 9, e43776. https://doi.org/10.2196/43776
Codeina
Descripción breve
La codeína es un narcótico con potencia analgésica moderada y acción antitusígena, extraído de la Papaver Somniferum (adormidera). Actúa uniéndose a receptores opioides cerebrales y medulares, lo que modifica la percepción y la experiencia subjetiva del dolor, reduciendo significativamente su intensidad al imitar los efectos de las endorfinas (moléculas que intervienen en la transmisión del dolor) (Clínica Universidad de Navarra, s.f.). Su uso abarca el tratamiento de dolores leves – moderados como los derivados de lesiones, situaciones postquirúrgicas o condiciones de dolor crónico -, la supresión de la tos irritativa, el control de diarreas refractarias y casos de síndrome de piernas inquietas resistentes a terapias convencionales.
Sin embargo, la codeína posee un potencial adictivo intrínseco. La interacción de factores biopsicosociales puede generar dependencia con la sustancia, activando directamente el sistema de recompensa cerebral, lo que refuerza el consumo repetido y, en casos descontrolados, desencadena un trastorno por consumo de opioides (APA, 2022).
Datos en España
En España, la codeína es un medicamento sujeto a prescripción médica, aunque se han detectado casos de un uso recreativo ilegal (Madurga, 2024). Se receta en dosis adaptadas a la edad y la indicación terapéutica, leve a moderado, control de la tos u otras.
El Ministerio de Sanidad financia parcialmente medicamentos con codeína a través del Sistema Nacional de Salud en casos específicos (Ministerio de Sanidad, s.f.).
La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS, 2015) establece recomendaciones para limitar su uso en población pediátrica con tos, debido a su potencial adictivo. Su uso está contraindicado en menores de 12 años y desaconsejado en adolescentes de 12 a 18 años (Medicover Hospitals, s.f.).
Según la Encuesta sobre Alcohol y otras Drogas en España, la codeína y el tramadol son los analgésicos opioides más consumidos nacionalmente. Del 15.2% de la población española de entre 15 a 64 años que reconoce haber consumido opioides con o sin receta, el 56% corresponde a codeína, con mayor prevalencia en mujeres que en hombres (EDADES, 2024).
Efectos a corto y a largo plazo
Los efectos inmediatos del abuso de codeína resultan de la alteración del equilibrio del Sistema Nervioso Central (AEMPS, s.f.). A corto plazo se observan consecuencias psiquiátricas (cambios en el estado de ánimo), nerviosas (somnolencia, cefaleas, reducción de la percepción del dolor), cardiacas (palpitaciones, taquicardia o bradicardia), vasculares (hipotensión), respiratorias (depresión respiratoria), gastrointestinales (náuseas, vómitos, sequedad bucal, estreñimiento o pancreatitis), cutáneas (prurito), auditivas (vértigo) y renales/urinarias (retenciones urinarias). En caso de sobredosis, especialmente con escasa tolerancia previa, los efectos pueden ser irreversibles (AEMPS, s.f.; National Health Service, s.f.).
A largo plazo el consumo prolongado genera tolerancia, adicción e hiperalgesia (aumento paradójico de la sensibilidad al dolor), interfiriendo gravemente en la funcionalidad diaria (NHS, s.f.). Se suman estreñimiento crónico severo, alteraciones cognitivas y emocionales, así como disminución de la libido y disfunción eréctil (Patel et al., 2026; MedlinePlus, s.f.).
No se recomienda la interrupción abrupta del consumo. La suspensión repentina provoca síndrome de abstinencia con efectos adversos, por lo que debe realizarse siguiendo la pauta de un profesional (Medicover Hospitals, s.f.).
Factores de riesgo
Esta adicción resulta de la interacción entre factores biológicos, psicológicos y sociales previamente descritos en las referencias de los opioides.
Referencias bibliográficas
Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios. (2015, 13 de marzo). Codeína: nuevas restricciones de uso como antitusígeno en pediatría (MUH [FV], 3/2015). https://www.aemps.gob.es/informa/notasInformativas/medicamentosUsoHumano/seguridad/2015/docs/NI-MUH_FV_03-codeina.pdf
Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). (s.f.). Ficha técnica: Codeisan 28,7 mg comprimidos. Centro de Información de Medicamentos (CIMA). https://cima.aemps.es/cima/dochtml/ft/1778/FT_1778.html
American Psychiatric Association. (2022). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5ª ed., texto revisado.). Editorial Médica Panamericana.
Clínica Universidad de Navarra. (s. f.). Codeína. https://www.cun.es/enfermedades-tratamientos/medicamentos/codeina
Madurga Sanz, M. (2024). Codeína (solución oral): Reino Unido lo reclasifica como medicamento con receta médica, debido al uso fraudulento recreativo, también detectado en España. Panorama Actual del Medicamento. https://www.farmaceuticos.com/pam/actualidad/codeina-solucion-oralreino-unido-lo-reclasifica-como-medicamento-con-receta-medica-debido-al-uso-fraudulento-recreativo-tambien-detectado-en-espana/
Medicover Hospitals. (s. f.). Codeine. https://www.medicoverhospitals.in/es/medicine/codeine
Ministerio de Sanidad – Profesionales de la Salud – Buscador situación financiación medicamentos. (s. f.). https://www.sanidad.gob.es/profesionales/medicamentos.do?cn=795419&metodo=verDetalle&utm_source=chatgpt.com
Ministerio de Sanidad. (2024). Encuesta sobre Alcohol y otras Drogas en España (EDADES) 2024. Ministerio de Sanidad, Gobierno de España. https://pnsd.sanidad.gob.es/profesionales/sistemasInformacion/sistemaInformacion/pdf/2025/2025_Informe_EDADES.pdf
Ministerio de Sanidad. (2025). Encuesta sobre uso de drogas en Enseñanzas Secundarias en España (ESTUDES) 2025. Ministerio de Sanidad, Gobierno de España. https://pnsd.sanidad.gob.es/profesionales/sistemasInformacion/sistemaInformacion/pdf/2025/ESTUDES_2025_Informe_nacional_df.pdf
National Health Service (NHS). (s. f.). Side effects of codeine. https://www.nhs.uk/medicines/codeine/side-effects-of-codeine/
Patel, P., Tharp, J. G., Eriator, I. I., & Rout, P. (2026). Codeine. En StatPearls. StatPearls Publishing. http://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK526029/
Benzodiacepinas
Descripción breve
Las benzodiacepinas son un grupo de medicamentos que actúan sobre el sistema nervioso central y se utilizan con mucha frecuencia en la práctica médica. Tienen efectos ansiolíticos (reducen la ansiedad), hipnóticos (ayudan a dormir), sedantes, anticonvulsivantes y relajantes musculares, por lo que se emplean en problemas como la ansiedad, el insomnio o las crisis epilépticas, así como en algunos procedimientos médicos o psiquiátricos.
Su mecanismo de acción se basa en potenciar la actividad del ácido gamma-aminobutírico (GABA), que es el principal neurotransmisor inhibidor del cerebro. Esto hace que disminuya la actividad neuronal y explica sus efectos calmantes y sedantes (Edinoff et al., 2021; Navarrete et al., 2026).
Entre las más conocidas y prescritas están el diazepam, alprazolam, lorazepam, bromazepam o clonazepam, lo que refleja su uso extendido en distintos países (Roncero et al., 2025).
A pesar de su utilidad, no están exentas de riesgos. Cuando se usan durante usos prolongados o en dosis superiores a las recomendadas, pueden aparecer fenómenos como la tolerancia (necesidad de aumentar la dosis), la dependencia y el síndrome de abstinencia. Por este motivo, las guías clínicas recomiendan que su uso sea limitado en el tiempo y siempre bajo supervisión médica (WHO, 2016; NIDA, 2023; Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023).
Desde el punto de vista farmacocinético, las benzodiacepinas también se pueden clasificar según su vida media de eliminación, es decir, el tiempo que tarda el organismo en eliminar la mitad del fármaco. En función de esto, se distinguen benzodiacepinas de acción corta, intermedia y larga, lo que influye directamente en cuánto duran sus efectos. Esta clasificación no es solo teórica, sino que tiene implicaciones clínicas importantes: las de vida media corta se han asociado a un mayor riesgo de síntomas de abstinencia y dependencia, mientras que las de vida media larga pueden acumularse en el organismo, especialmente en personas mayores (Edinoff et al., 2021; Basińska-Szafrańska, 2022).
Datos de la situación en España
El consumo de benzodiacepinas en España es un tema relevante desde el punto de vista de la salud pública. Los datos del informe EDADES del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones (OEDA, 2025) y del Observatorio Europeo (EUDA, 2024) sitúan a España entre los países con mayor consumo de este tipo de fármacos en Europa.
Dentro de este grupo, los hipnosedantes (que incluyen las benzodiacepinas) se encuentran entre las sustancias más consumidas en la población adulta, tanto con receta médica como sin ella. Este uso no siempre se ajusta a las recomendaciones clínicas, ya que en muchos casos se prolonga más tiempo del indicado o se utiliza sin supervisión, lo que aumenta el riesgo de dependencia y otros efectos adversos (OEDA, 2025; Roncero et al., 2025).
El consumo es especialmente elevado en mujeres y en personas adultas y mayores, un patrón que se repite de forma consistente en los estudios epidemiológicos. En los últimos años, además, se ha observado un aumento en el uso de medicamentos relacionados con la ansiedad y el insomnio. Este incremento se ha relacionado con el aumento de problemas de salud mental y con factores sociales recientes, como el impacto de la pandemia de COVID-19 (Roncero et al., 2025; EUDA, 2024).
En población joven también se ha detectado un fenómeno preocupante: el uso no médico de benzodiacepinas y de los llamados “Z-drugs”. En España, alrededor del 6,2 % de adolescentes y adultos jóvenes han consumido estos fármacos, y aproximadamente un 1,4 % lo ha hecho sin prescripción médica, siendo más frecuente en mujeres jóvenes (Carrasco-Garrido et al., 2021).
En adolescentes, los datos muestran cifras similares entre población autóctona e inmigrante (2,8 % y 3,3 %, respectivamente), con un aumento progresivo del consumo entre 2006 y 2016 (Carrasco-Garrido et al., 2021).
Dentro de Europa, España también destaca por una mayor prevalencia de uso no médico, con cifras cercanas al 6,5 % a lo largo de la vida, superiores a las de otros países como Alemania, Francia o Reino Unido (Hockenhull et al., 2021). Este elevado consumo no depende solo de factores individuales. También influyen aspectos del sistema sanitario, como la alta presión asistencial, el poco tiempo disponible en consulta o la falta de alternativas no farmacológicas, lo que favorece una prescripción frecuente y, en ocasiones, mantenida más tiempo del recomendado (Roncero et al., 2025; Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023).
Señales de alarma
Aunque las benzodiacepinas son seguras cuando se utilizan correctamente, su uso puede volverse problemático si aparecen determinadas señales de alerta. Entre las más frecuentes se encuentran la necesidad de aumentar la dosis para conseguir el mismo efecto (tolerancia), el uso continuado durante largos periodos de tiempo o la dificultad para reducir o suspender el tratamiento. También pueden aparecer síntomas como somnolencia excesiva, problemas de memoria, dificultades de concentración o deterioro cognitivo (Edinoff et al., 2021; Hertz & Barczak, 2025). Otras señales importantes incluyen el consumo sin prescripción médica o el uso del fármaco como forma habitual de afrontar el malestar emocional o el estrés cotidiano. Este tipo de uso puede indicar una pérdida de control o la persistencia del consumo a pesar de sus consecuencias negativas (Navarrete et al., 2026). Cuando varias de estas señales están presentes, es recomendable realizar una evaluación clínica para descartar un posible trastorno por uso de sedantes, hipnóticos o ansiolíticos, según los criterios diagnósticos actuales (American Psychiatric Association, 2022).
En este contexto, es útil diferenciar entre uso problemático y dependencia. El uso problemático se refiere a un patrón de consumo que ya está generando riesgos o consecuencias negativas, aunque todavía no cumpla criterios diagnósticos. La dependencia, en cambio, implica un cuadro más definido, en el que aparecen fenómenos como tolerancia, síndrome de abstinencia y pérdida de control sobre el consumo (American Psychiatric Association, 2022).
Criterios de adicción
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR) incluye las benzodiacepinas dentro del trastorno por consumo de sedantes, hipnóticos o ansiolíticos.
El diagnóstico se establece cuando existe un patrón de consumo problemático que provoca malestar o deterioro significativo en la vida de la persona, y se cumplen al menos dos criterios durante un periodo de 12 meses (American Psychiatric Association, 2022).
Entre estos criterios se encuentran situaciones como consumir más cantidad de la prevista, tener dificultades para controlar o reducir el consumo, dedicar mucho tiempo a conseguir o usar la sustancia, o experimentar un deseo intenso de consumir (craving). También se incluyen el incumplimiento de responsabilidades, los problemas sociales derivados del consumo, el abandono de actividades importantes o el uso en situaciones de riesgo.
Además, forman parte del diagnóstico la tolerancia (necesidad de aumentar la dosis) y el síndrome de abstinencia, que aparece al reducir o suspender el consumo (American Psychiatric Association, 2022).
En función del número de criterios presentes, el trastorno puede clasificarse como leve (2–3 criterios), moderado (4–5) o grave (6 o más), lo que permite orientar mejor la intervención y el seguimiento clínico. (American Psychiatric Association, 2022).
Efectos a corto y largo plazo
Efectos a corto plazo
Las benzodiacepinas actúan reduciendo la actividad del sistema nervioso central al potenciar el efecto del GABA, un neurotransmisor que ayuda a “frenar” la actividad cerebral. Esto explica sus efectos calmantes, ansiolíticos y facilitadores del sueño (Edinoff et al., 2021; Roncero et al., 2025).
A corto plazo, los efectos más frecuentes incluyen somnolencia, mareos, dificultades de memoria y concentración, así como lentitud en los movimientos y problemas de coordinación. Todo ello puede afectar a actividades cotidianas como conducir o manejar maquinaria, aumentando el riesgo de accidentes (Edinoff et al., 2021).
En algunos casos también pueden producir desinhibición o cambios en el comportamiento, lo que puede favorecer un menor control sobre el consumo, especialmente cuando se combinan con otras sustancias (Family et al., 2025).
El riesgo aumenta de forma importante cuando se consumen junto con alcohol, opioides u otros depresores del sistema nervioso central, ya que puede producirse depresión respiratoria e incluso sobredosis (NIDA, 2023; Family et al., 2025).
En situaciones de intoxicación, los efectos pueden ir desde somnolencia leve hasta cuadros más graves con deterioro del nivel de conciencia o coma (Navarrete et al., 2026).
Efectos a largo plazo
Cuando el uso se prolonga en el tiempo, pueden aparecer efectos más complejos. Entre los más importantes están la tolerancia (necesidad de aumentar la dosis para notar el mismo efecto) y la dependencia, que se manifiesta cuando aparecen síntomas al intentar reducir o dejar el fármaco, y síndrome de abstinencia, que puede incluir ansiedad, insomnio, irritabilidad o temblores y, en casos graves, convulsiones o delirium, lo que dificulta abandonar el consumo. (Navarrete et al., 2026).
Además, el uso prolongado se ha relacionado con deterioro cognitivo, afectando a la memoria, la atención y la velocidad de procesamiento de la información, efectos que en algunos casos pueden persistir tras dejar el tratamiento (Roncero et al., 2025; Hertz & Barczak, 2025; Edinoff et al., 2021).
También aumenta el riesgo de caídas, fracturas y accidentes, especialmente en personas mayores, debido a la sedación y a la alteración del equilibrio y la coordinación motora (Hertz & Barczak, 2025; Cordovilla-Guardia et al., 2020).
Otros efectos incluyen alteraciones del sueño, empeoramiento del funcionamiento diario y disminución de la calidad de vida —debido al impacto en la autonomía, el rendimiento diario y el bienestar emocional— y aumento del riesgo de accidentes de tráfico (WHO, 2016; Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023; Roncero et al., 2025).
Por otro lado, combinar benzodiacepinas con opioides u otras sustancias que también “ralentizan” el sistema nervioso puede ser especialmente peligroso, ya que aumenta mucho el riesgo de problemas respiratorios graves y sobredosis (Family et al., 2025).
Tabla 1
Efectos del consumo de benzodiacepinas a corto y largo plazo
Tipo de efecto | Corto plazo | Largo plazo |
Cognitivos | Somnolencia, disminución de la atención y concentración | Deterioro cognitivo, problemas de memoria |
Psicomotores | Lentitud motora, riesgo de caídas | Alteración persistente de la coordinación |
Emocionales | Sensación de relajación, reducción de ansiedad | Dependencia emocional, apatía |
Fisiológicos | Sedación, fatiga | Tolerancia y síndrome de abstinencia |
Conductuales | Disminución de la reactividad | Uso continuado y dificultad para dejar el consumo |
Factores de riesgo
El desarrollo de un uso problemático o de dependencia de benzodiacepinas no suele depender de una sola causa, sino de la combinación de distintos factores que interactúan entre sí, haciendo más probable un uso problemático.
Por un lado, influyen aspectos relacionados con el propio fármaco, como utilizarlo durante más tiempo del recomendado, tomar dosis elevadas o emplear benzodiacepinas de vida media corta, que se asocian a un mayor riesgo de dependencia y síntomas de abstinencia (Edinoff et al., 2021; Navarrete et al., 2026).
En el ámbito clínico, la presencia de problemas de salud mental como ansiedad, depresión o insomnio aumenta la probabilidad de mantener el consumo en el tiempo. Además, haber tenido dificultades previas con otras sustancias es un factor especialmente relevante. En este sentido, el policonsumo —por ejemplo, con alcohol u opioides— es uno de los factores de riesgo más consistentes (Hockenhull et al., 2021; Family et al., 2025; Zamboni et al., 2022).
En cuanto a la edad, también hay grupos más vulnerables. Las personas mayores presentan un mayor riesgo debido a cambios en el metabolismo, la toma de varios fármacos a la vez y una mayor sensibilidad a los efectos adversos (EUDA, 2024; Hertz & Barczak, 2025). En población joven, influyen factores como la baja percepción de riesgo, la facilidad de acceso a estos medicamentos o el consumo de otras sustancias (Carrasco-Garrido et al., 2021).
Desde el punto de vista biológico, su potencial adictivo se relaciona con la activación de los circuitos de recompensa del cerebro, lo que favorece que el consumo se repita y se mantenga en el tiempo (Navarrete et al., 2026).
Además, en los últimos años han aparecido benzodiacepinas de diseño en el mercado ilegal, asociadas a efectos impredecibles y a un mayor riesgo de intoxicaciones graves (Brunetti et al., 2021).
Relación con otros problemas de salud mental
Las benzodiacepinas suelen recetarse para problemas como la ansiedad o el insomnio, por lo que muchas personas empiezan a utilizarlas en momentos de especial malestar emocional. A corto plazo pueden producir alivio, sensación de calma o facilitar el sueño, pero cuando el consumo se mantiene durante mucho tiempo pueden dificultar que la persona desarrolle otras formas de manejar lo que le ocurre, favoreciendo una dependencia psicológica del fármaco (WHO, 2016).
Además, el uso prolongado se ha relacionado con un mayor riesgo de desarrollar depresión, dificultades de memoria y concentración o empeoramiento de algunos trastornos de ansiedad, lo que puede afectar negativamente a la evolución general de la salud mental de la persona (Roncero et al., 2025; Hertz & Barczak, 2025).
En muchos casos, el consumo fuera de la prescripción médica aparece como una forma de intentar aliviar emociones difíciles como ansiedad, tristeza, estrés o sensación de desbordamiento. En situaciones de policonsumo, también pueden utilizarse para contrarrestar los efectos de otras sustancias o aliviar síntomas de abstinencia, algo que refleja la estrecha relación entre salud mental y consumo de drogas (Hockenhull et al., 2021; Family et al., 2025).
En pacientes con trastornos mentales, el uso de benzodiacepinas es frecuente y, en muchos casos, prolongado, lo que se asocia a un mayor riesgo de dependencia, peor evolución clínica y aumento de la mortalidad (Roncero et al., 2025).
Desde el punto de vista neurobiológico, las benzodiacepinas influyen en varios sistemas cerebrales implicados en la regulación emocional y sistemas cerebrales relacionados con el alivio y la sensación de bienestar, como el sistema GABAérgico y el dopaminérgico. Esto contribuye a explicar su potencial adictivo y su impacto sobre la salud mental (Navarrete et al., 2026).
Evaluación: cuándo y a quién consultar
Es recomendable consultar con un profesional sanitario cuando el uso de benzodiacepinas se mantiene más tiempo del indicado, cuesta reducir la dosis o dejar la medicación, aparecen efectos secundarios importantes o el consumo empieza a afectar al día a día, las relaciones personales, el trabajo o los estudios.
En España, la primera valoración suele hacerse en atención primaria, desde donde la persona puede ser derivada a salud mental o a recursos especializados en adicciones si la situación lo requiere (OEDA, 2025).
Detectar estas dificultades a tiempo es importante, ya que cuanto más se prolonga el consumo, más difícil suele resultar reducirlo o suspenderlo. Por este motivo, cuando el tratamiento se mantiene durante meses, se recomienda realizar revisiones periódicas para valorar si la medicación sigue siendo necesaria y detectar posibles señales de dependencia o uso inadecuado (Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023).
Durante la evaluación también es importante diferenciar situaciones que pueden parecer similares pero que no significan lo mismo. Por ejemplo, algunas personas vuelven a experimentar los síntomas originales por los que empezaron a tomar la medicación, mientras que otras pueden presentar un “efecto rebote”, es decir, una reaparición temporal e intensa de síntomas como ansiedad o insomnio al reducir la dosis. En otros casos, lo que aparece es un síndrome de abstinencia, relacionado con la adaptación del cuerpo al fármaco. Diferenciar estas situaciones es importante porque cada una requiere un manejo diferente (Navarrete et al., 2026).
Para apoyar esta valoración existen distintos cuestionarios que ayudan a detectar de forma orientativa posibles problemas de dependencia. Entre los más conocidos se encuentran el Bendep-SRQ, el BDEPQ y la SDS.
El Bendep-SRQ es el cuestionario más específico para benzodiacepinas, ya que evalúa aspectos como la preocupación por el consumo, la dificultad para controlar la medicación, el uso problemático o los síntomas de abstinencia. El BDEPQ también presenta buenos indicadores de fiabilidad y validez. Sin embargo, ambos tienen una limitación importante: no son cuestionarios de acceso libre. Por este motivo, la SDS (Severity of Dependence Scale) puede resultar especialmente útil tanto en contextos clínicos como académicos. Es un cuestionario breve, formado por cinco preguntas, fácil de aplicar y de libre acceso, que permite valorar el grado de dependencia psicológica. Aunque no fue diseñado específicamente para benzodiacepinas, diferentes estudios han mostrado buenos resultados en la evaluación de este tipo de consumo.
En este contexto, la SDS se plantea como instrumento principal de evaluación (ver Anexo 1).
Evaluación: entorno familiar
La familia tiene un papel importante en notar cuando el consumo de benzodiacepinas empieza a convertirse en un problema, ya que convive de cerca con la persona y puede observar cambios en su comportamiento y en su día a día.
Algunas señales de alerta frecuentes son tomar este tipo de medicamentos durante mucho tiempo seguido, necesitar cada vez más cantidad para notar los mismos efectos o tener dificultades para dejar de tomarlos. También es común que la persona muestre una preocupación constante por no quedarse sin la medicación. Además, pueden aparecer cambios emocionales o de conducta, problemas de memoria y concentración, cansancio excesivo o somnolencia durante el día.
Además, otros indicadores relevantes son el consumo mantenido a pesar de consecuencias negativas (como caídas o deterioro cognitivo), el deseo intenso de consumo o la combinación con otros depresores del sistema nervioso central (Hertz & Barczak, 2025).
Cuando varias de estas señales están presentes, es recomendable solicitar una evaluación profesional para valorar la posible existencia de un trastorno por uso de sedantes, hipnóticos o ansiolíticos, según los criterios diagnósticos establecidos (American Psychiatric Association, 2022).
Es importante tener en cuenta que este problema puede pasar desapercibido, especialmente en personas mayores, ya que algunos síntomas pueden confundirse con procesos propios del envejecimiento (Hertz & Barczak, 2025).
Tratamientos y apoyos disponibles
El tratamiento de la dependencia de benzodiacepinas requiere un enfoque integral que combine intervenciones médicas y psicológicas, adaptadas a cada persona.
La base del tratamiento es la retirada progresiva del fármaco (tapering), evitando suspensiones bruscas para reducir los síntomas de abstinencia. Este proceso se ajusta de forma individual y suele implicar reducciones graduales de la dosis a lo largo de semanas o meses (Edinoff et al., 2021; Hertz & Barczak, 2025; Navarrete et al., 2026).
En este contexto, la deprescripción supervisada es una herramienta clave, ya que permite reducir el consumo de forma segura y mejorar la calidad de vida del paciente (Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023).
Las intervenciones psicológicas también son fundamentales. La terapia cognitivo-conductual ha demostrado ser especialmente eficaz, y puede complementarse con psicoeducación, entrevista motivacional o técnicas de mindfulness para mejorar la adherencia y el manejo del malestar (Navarrete et al., 2026).
En situaciones más complejas, como casos graves o con comorbilidad con otros trastornos, puede ser necesaria la desintoxicación en un entorno hospitalario. Aunque existen tratamientos farmacológicos de apoyo, actualmente no hay ningún fármaco aprobado específicamente para esta dependencia, por lo que su uso debe individualizarse (NIDA, 2023; Navarrete et al., 2026).
En conjunto, el tratamiento debe ser continuo, individualizado y centrado no solo en la reducción del consumo, sino también en la mejora del bienestar y del funcionamiento global de la persona.
Qué puede hacer la familia y el entorno
El apoyo del entorno cercano es un factor esencial en el proceso de recuperación, ya que puede facilitar la adherencia al tratamiento y mejorar los resultados.
Entre las estrategias más útiles se encuentran mantener una comunicación abierta y sin juicios, animar a la persona a buscar ayuda profesional, fomentar hábitos saludables —como el descanso adecuado o la gestión del estrés— y evitar compartir medicación. Todo ello contribuye a crear un entorno más seguro y favorecedor del cambio (WHO, 2016).
Las personas mayores constituyen un grupo especialmente vulnerable, debido a su mayor sensibilidad a los efectos adversos, como deterioro cognitivo, caídas o fracturas. A pesar de ello, el uso de benzodiacepinas sigue siendo frecuente en esta población, lo que refleja cierta distancia entre la evidencia científica y la práctica clínica (Hertz & Barczak, 2025; Roncero et al., 2025).
Además, en este grupo el trastorno puede estar infradiagnosticado, lo que dificulta su detección y abordaje precoz (Hertz & Barczak, 2025).
Prevención específica
La prevención del uso problemático de benzodiacepinas se basa principalmente en un uso responsable y bien supervisado de estos fármacos.
Entre las medidas más importantes destacan limitar la duración del tratamiento, utilizar la dosis mínima eficaz, informar adecuadamente sobre los riesgos y realizar un seguimiento periódico que permita detectar a tiempo posibles problemas. También es fundamental dar prioridad a alternativas no farmacológicas, especialmente en el tratamiento de la ansiedad y el insomnio (Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023) promoviendo estrategias saludables de afrontamiento de malestar emocional (Carrasco-Garrido et al., 2021).
En este sentido, es clave evitar el uso innecesario de medicación y revisar de forma periódica los tratamientos, reduciendo o retirando aquellos que no estén claramente indicados (Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023).
Por otro lado, es importante desarrollar acciones dirigidas tanto a profesionales como a la población general, como la formación en prescripción racional o campañas de sensibilización que mejoren la percepción del riesgo asociado a estos fármacos (EUDA, 2024; OEDA, 2025; Roncero et al., 2025). Al igual que en población joven, donde las intervenciones deben centrarse en reducir el acceso y aumentar la percepción de riesgo (Carrasco-Garrido et al., 2021).
Asimismo, en contextos de policonsumo, es importante aplicar estrategias de reducción de daños, (entendidas como acciones para consumir de forma más segura y reducir riesgos, como evitar combinar sustancias o controlar las cantidades) para disminuir el riesgo de sobredosis y mejorar el acceso a recursos de atención (Family et al., 2025).
En esta línea, también es importante limitar su uso a situaciones bien justificadas y mantener un seguimiento clínico cercano que permita detectar a tiempo posibles signos de uso inadecuado (Navarrete et al., 2026).
Además, en los últimos años ha surgido un nuevo reto con la aparición de benzodiacepinas de diseño en el mercado ilegal, asociadas a efectos graves, lo que refuerza la necesidad de abordar este problema desde una perspectiva de salud pública (Brunetti et al., 2021; Navarrete et al., 2026).
Recursos en España
En España, las personas con problemas relacionados con el consumo de benzodiacepinas pueden acceder a diferentes recursos dentro del sistema sanitario, organizados de forma progresiva según la complejidad de cada caso.
La atención suele comenzar en atención primaria, desde donde se puede derivar a servicios de salud mental o a centros especializados en adicciones si es necesario. Esta red forma parte del Plan Nacional sobre Drogas y está coordinada por las comunidades autónomas (OEDA, 2025).
Entre los recursos disponibles se incluyen centros de atención primaria, unidades de salud mental, centros ambulatorios de adicciones y comunidades terapéuticas, donde se ofrece evaluación clínica, tratamiento psicológico, seguimiento médico y apoyo social.
Además, existen centros privados especializados que ofrecen programas de tratamiento tanto ambulatorios como residenciales, ampliando las opciones de atención.
La información sobre estos recursos puede consultarse en organismos oficiales como el Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones, el Plan Nacional sobre Drogas o los portales de salud autonómicos, lo que facilita el acceso a la atención y la orientación tanto de pacientes como de sus familias.
Referencias
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Glosario de términos
Benzodiacepinas. Fármacos depresores del sistema nervioso central utilizados principalmente para tratar la ansiedad, el insomnio y otros trastornos, con potencial de generar dependencia.
Sistema nervioso central (SNC). Conjunto de estructuras formado por el cerebro y la médula espinal, encargado de procesar la información y regular las funciones del organismo.
Ansiolítico. Tipo de fármaco utilizado para reducir la ansiedad.
Sedación. Disminución de la actividad del sistema nervioso central que provoca relajación, somnolencia o reducción del estado de alerta.
Dependencia. Estado en el que el organismo necesita una sustancia para funcionar con normalidad, pudiendo generar malestar en su ausencia.
Dependencia psicológica. Necesidad emocional o mental de consumir una sustancia para aliviar malestar o generar bienestar.
Tolerancia. Proceso por el cual el organismo requiere dosis cada vez mayores para obtener el mismo efecto.
Síndrome de abstinencia. Conjunto de síntomas físicos y psicológicos que aparecen al reducir o interrumpir el consumo tras un uso prolongado.
Uso terapéutico. Consumo de una sustancia bajo prescripción médica y supervisión profesional.
Uso prolongado. Consumo mantenido en el tiempo que incrementa el riesgo de dependencia y efectos adversos.
Uso problemático. Patrón de consumo que genera consecuencias negativas en la salud, el funcionamiento diario o las relaciones sociales.
Cribado. Evaluación inicial mediante instrumentos breves para detectar posibles problemas relacionados con el consumo.
Comorbilidad. Presencia simultánea de dos o más trastornos o enfermedades en una misma persona (por ejemplo, ansiedad y dependencia a benzodiacepinas).
Policonsumo. Uso simultáneo o combinado de varias sustancias psicoactivas.
Deterioro cognitivo. Alteración de funciones mentales como la memoria, la atención o la capacidad de razonamiento.
SDS (Severity of Dependence Scale). Cuestionario breve de 5 ítems que evalúa la severidad de la dependencia psicológica.
Fuentes institucionales
NIDA. Organismo estadounidense dedicado a la investigación sobre el consumo de drogas y sus efectos en la salud.
Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones. Organismo encargado de recopilar y analizar datos sobre consumo de sustancias en España.
European Monitoring Centre for Drugs and Drug Addiction. Agencia de la Unión Europea que proporciona información fiable sobre drogas y drogodependencias.
Plan Nacional sobre Drogas. Estrategia estatal orientada a la prevención, tratamiento y reducción de daños asociados al consumo.
Anexos:
Anexo 1. Severity of Dependence Scale (SDS). Adaptación al español.
Ítem | Pregunta | Opciones de respuesta |
1 | ¿Alguna vez ha pensado que su consumo de benzodiacepinas está fuera de control? | Nunca (0); A veces (1); A menudo (2); Casi siempre (3) |
2 | ¿Le preocupa la idea de no poder consumir benzodiacepinas? | Nunca (0); A veces (1); A menudo (2); Casi siempre (3) |
3 | ¿Le preocupa su consumo de benzodiacepinas? | Nunca (0); A veces (1); A menudo (2); Casi siempre (3) |
4 | ¿Desearía poder dejar de consumir benzodiacepinas? | Nunca (0); A veces (1); A menudo (2); Casi siempre (3) |
5 | ¿Le resultaría difícil dejar de consumir benzodiacepinas? | Nada difícil (0); Algo difícil (1); Bastante difícil (2); Muy difícil (3) |
Nota. La puntuación total oscila entre 0 y 15. Puntuaciones más altas indican mayor nivel de dependencia psicológica. Se trata de un instrumento de cribado y no sustituye una evaluación clínica.