Opioides receetados

Descripción breve

El término opioide proviene de la raíz semántica opio, sustancia extraída directamente de la planta Papaver Somniferum o adormidera. El opio posee, de manera innata, propiedades somníferas, analgésicas y antidiarreicas que ya estaban documentadas desde la antigua Grecia (Álvarez et al., 2005).

Es importante comprender la diferencia existente entre opioide y opiáceo. Los opiáceos se extraen naturalmente de la planta Papaver Somniferum, mientras que los opioides abarcan cualquier tipo de sustancia de naturaleza tanto endógena -péptidos producidos por el propio cuerpo- como exógena -opiáceos y sustancias sintéticas y semiartificiales- que se une de manera específica a receptores opioides cerebrales (Álvarez et al., 2005; National Institute on Drug Abuse, 2024).

Este sistema opioide cumple múltiples funciones fisiológicas fundamentales (National Institute on Drug Abuse, 2021), entre las que se incluyen el aprendizaje, la memoria, la modulación gastrointestinal, las funciones endocrinas, las funciones autonómicas y la regulación del dolor mediante la inhibición de la sensación dolorosa generada por el estímulo nocivo.

De manera frecuente, los opioides se emplean como medicamentos, ya que presentan propiedades que permiten modular funciones fisiológicas. Estas sustancias depresoras suelen ser recetadas de forma legal con la finalidad de tratar dolores agudos, crónicos y otras afecciones (Sandí & Castillo, 2024). No existe un registro exacto y fiable del consumo ilícito de opioides. Los opioides que normalmente suelen ser recetados para tratar este tipo de afecciones son: codeína, fentanilo, hidrocodona, oxicodona, oximorfona, morfina y tramadol (National Institute on Drug Abuse, 2021).

Pese a su finalidad terapéutica, el consumo de sustancias opioides sin una supervisión médica puede acarrear problemáticas de salud tanto física como mental (World Health Organization, 2023). Para comprender por qué los opioides generan dependencia y adicción es necesario tener en cuenta el sustrato neurobiológico implicado. La unión del opioide a un receptor μ localizado en el área tegmental ventral y su posterior activación producen la inhibición de las interneuronas GABA y la liberación de dopamina en el núcleo accumbens, dentro del sistema de recompensa. Esta interacción genera una intensa sensación de recompensa, que actúa como refuerzo para volver a consumir estas sustancias y favorece el desarrollo de dependencia (Álvarez et al., 2005).

Datos en España

La Encuesta sobre el Uso de Drogas en Enseñanzas Secundarias en España, indica que la edad media de inicio en el consumo de analgésicos opioides se sitúa en los 14.7 años. En comparativa con años anteriores, se observa que esta edad de inicio se adelanta progresivamente. En el último año, el 1.3% de los estudiantes de entre 14 y 18 años en España afirma haber consumido opioides analgésicos alguna vez para “colocarse” (ESTUDES, 2025).

Además, en el último año, el 15.2% de la población española general de entre 15 y 64 años reconoce haber consumido algún tipo de analgésico opioide en alguna ocasión, con o sin receta. Este consumo es más frecuente en la población femenina que en la masculina. El alivio del dolor agudo, crónico y consecuente de operaciones son las razones más comunes documentadas de cara a iniciar el consumo (EDADES, 2024).

Señales de alarma

Para prevenir y tratar la problemática, es importante generar conciencia y conocer las señales que pueden alertar sobre la presencia o el inicio de un comportamiento adictivo. A continuación, se recogen signos a tener en cuenta para su detección precoz (APA, 2022).

Físicamente pueden aparecer somnolencia, estreñimiento, respiración lenta, fatiga u otros síntomas similares.

En el plano psicológico, pueden observarse irritabilidad frecuente, cambios repentinos y bruscos en el humor, bajo estado de ánimo, ansiedad persistente asociada al intenso deseo de consumir (craving), dificultades para concentrarse o empobrecimiento en el lenguaje.

También es importante observar la conducta, ya que aporta información relevante para identificar la posible presencia del trastorno. Conductualmente, destaca el consumo de una dosis mayor de la prescrita, el uso durante más tiempo del indicado y con mayor frecuencia, la visita a varios médicos con el fin de obtener recetas, la invención de síntomas físicos asociados al dolor para conseguir prescripciones y el uso sin indicación o supervisión médica, la priorización del consumo sobre otras actividades y los intentos fallidos de dejar de consumir.

Socialmente, puede producirse un deterioro que se manifiesta en conflictos en el entorno familiar o de pareja y en aislamiento social.

Además, la funcionalidad de la persona suele verse reducida, lo que suele reflejarse en problemas académicos, laborales, abandono de actividades de ocio o incluso conductas delictivas.

La necesidad de aumentar la dosis para conseguir el mismo efecto (tolerancia) y la aparición de síntomas físicos y psicológicos al dejar de consumir (abstinencia) son indicadores importantes de un consumo problemático.

Entre los síntomas de abstinencia se incluyen náuseas o vómitos, dolores musculares, lagrimeo o rinorrea, dilatación pupilar, piloerección, sudoración, diarrea, bostezos, fiebre, insomnio y humor disfórico o estado de ánimo decaído o irritable.

Criterios de adicción

Según el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales 5-TR (APA, 2022), se puede confirmar la presencia de una adicción o trastorno por consumo de opiáceos cuando el uso genera un malestar clínicamente significativo que se refleja en, al menos, dos de los signos que se mencionan a continuación durante un período de un año (APA, 2022):

  1. El consumo es frecuente y en cantidades y tiempos superiores a los prescritos.
  2. Existen esfuerzos fracasados por abandonar la sustancia.
  3. Se invierte bastante tiempo en conseguir, consumir y recuperarse de los efectos consecuentes al consumo de opioides.
  4. Existe un deseo persistente e intenso de consumo (craving).
  5. El consumo genera el incumplimiento de responsabilidades laborales, familiares o académicas.
  6. El consumo se mantiene pese a éste generar problemáticas sociales e interpersonales significativas.
  7. El consumo provoca un abandono o reducción de actividades sociales, de ocio y profesionales.
  8. Consumo recurrente de opiáceos en situaciones en las que ésta puede generar un riesgo físico.
  9. El consumo se mantiene a pesar de poseer conciencia de que se sufre un problema físico o psicológico persistente causado/exacerbado por los opioides.
  10. Existe tolerancia (necesidad de consumir cada vez mayores cantidades de la sustancia para conseguir el efecto deseado. Este efecto se reduce de forma significativa tras el consumo continuado de la misma cantidad).
  11. Existe abstinencia (cuadro sintomatológico que resulta de la interrupción del consumo mantenido, y que se “resuelve” o “alivia” volviendo al consumo).

Además de reconocer la presencia del trastorno o adicción, deben especificarse algunos factores para observar su gravedad e intensidad. Algunos de estos especificadores son: 1. Remisión inicial / remisión continuada, 2. Se está o no dando una terapia de mantenimiento de forma paralela, 3. Gravedad. La gravedad del trastorno se mide a raíz de los siguientes parámetros:

  • Gravedad leve: presencia de 2-3 síntomas (en remisión inicial / continuada).
  • Gravedad moderada: presencia de 4-5 síntomas (en remisión inicial / continuada).
  • Grave: presencia de 6 o más síntomas (en remisión inicial / continuada).

Efectos a corto y largo plazo

Los efectos tanto a corto como a largo plazo generados por el consumo de opioides varían en función del tipo de opioide consumido. Sin embargo, todos ellos actúan sobre los receptores opioides y generan respuestas narcóticas y analgésicas (World Health Organization, 2023; National Institute on Drug Abuse, 2024).

Los efectos a corto plazo suelen ser analgesia, sedación, euforia, sensación de bienestar, somnolencia, náuseas, vómitos, estreñimiento, depresión respiratoria, confusión y mareo.

Los efectos más comunes a largo plazo suelen ser tolerancia -o la necesidad de consumir dosis mayores para lograr el mismo efecto-, dependencia física y psicológica, trastorno por uso de opioides, problemas respiratorios crónicos, alteraciones hormonales, estreñimiento crónico, mayor riesgo de sobredosis, cambios cardiovasculares, debilitamiento del sistema inmunitario y un aumento de la sensibilidad al dolor en algunos casos.

Factores de riesgo

El desarrollo de la adicción a los opioides resulta de la interacción de factores tanto biológicos, como psicológicos y sociales.

Como factores biológicos, destacan:

  • Heredabilidad o genética: la heredabilidad de problemáticas relacionadas con la adicción a sustancias ronda el 40%-60% (National Institute on Drug Abuse, 2020; APA, 2022)
  • Presencia de dolor agudo, dolor crónico, dolor derivado de una operación u otras enfermedades (EDADES, 2024)
  • Consumo de otras sustancias (APA, 2022)
  • Prescripción médica prolongada o inadecuada.

Como factores psicológicos, destacan (APA, 2022):

  • Mecanismos de afrontamiento pasivos y evitativos
  • Dificultad en la gestión emocional adaptativa
  • Percepción y creencias acerca de la experiencia del dolor
  • Baja percepción del riesgo
  • Baja autoestima
  • Rasgos de personalidad externalizantes, como la búsqueda de experiencias, la impulsividad y la desinhibición
  • Historia personal
  • Psicopatología, como un trastorno de depresión mayor, trastornos de ansiedad, trastorno bipolar, trastornos de personalidad o trauma (Sandí & Castillo, 2024) y trastornos de conducta en la infancia o adolescencia

Como factores sociales, destacan (APA, 2022):

  • Fácil acceso a medicamentos con codeína
  • Entornos en los que se encuentra normalizado el consumo
  • Escaso apoyo y red social

Además, la Organización Mundial de la Salud detalla algunos factores de riesgo asociados no solo al consumo problemático de opioides, sino también a la posible sobredosis (World Health Organization, 2023).

  • Presencia de un trastorno por consumo de opioides
  • Inyección intravenosa de opioides
  • Retomar el consumo tras un periodo de abstinencia o no consumo de la sustancia
  • Consumo sin receta médica
  • Consumo de dosis elevadas siguiendo la posología recomendada y pautada por un médico de manera diaria
  • Consumo de opioides junto a sustancias que, como efecto secundario, depriman la actividad respiratoria
  • Presentar otros problemas de salud

Relación con otros problemas de salud mental

Se ha observado que el consumo de opioides en general se relaciona estrechamente con la presencia de psicopatología y problemas de salud mental (Sandí & Castillo, 2024; APA, 2022). Es importante recalcar que la relación entre el consumo y la psicopatología es de naturaleza bidireccional.

Se ha documentado que el trastorno depresivo mayor o el trastorno depresivo persistente, así como los trastornos de ansiedad, pueden ser inducidos o exacerbados por el consumo de opioides (APA, 2022). Además, el trastorno por consumo de opiáceos suele presentarse junto  a trastornos de la personalidad, especialmente los trastornos límite, esquizotípico y antisocial, e insomnio, sobre todo durante la abstinencia (APA, 2022).

También, se ha asociado el consumo problemático de opiáceos con un mayor riesgo de intentos de suicidio (APA, 2022). Estudios e investigaciones realizadas en los últimos años, respaldan la existencia de patología dual, es decir, la coexistencia de un trastorno mental y una adicción, en personas con adicción a opioides (Pedroza et al., 2025).

Evaluación

Drug Abuse Screening Test-10. DAST-10 (Bohn et al., 1991; Yudko et al., 2007)

Ante la duda, se recomienda consultar al médico de atención primaria, unidades de dolor, salud mental o recursos de adicciones que puedan valorar la situación y orientar sobre el mejor tipo de ayuda en cada caso (SERGAS, 2022). Algunos recursos disponibles se incluyen en apartados posteriores.

Evaluación: ¿Cómo saber si mi familiar tiene un problema?

No solo es importante identificar si uno mismo corre el riesgo de presentar un problema de consumo de sustancias opioides, sino también prestar atención al entorno y a las personas cercanas. Los cambios en la conducta, las rutinas y el estado de ánimo son uno de los indicadores fundamentales (Clínica Mayo, 2025). Por ello, aunque no siempre ocurra, es posible que un familiar consuma opioides de forma problemática si se observa un deterioro en las relaciones sociales, en el ámbito académico o laboral o en otros contextos de su vida diaria. Si se consume una medicación prescrita durante más tiempo del indicado o en mayor cantidad de la pautada, también puede estar desarrollándose esta problemática (Clínica Mayo, 2025). Es frecuente que la persona consuma opioides “por si acaso”, incluso sin sentir dolor, o que solicite la misma receta a varios profesionales. Del mismo modo, pedir medicamentos a amigos, fingir que los ha perdido para obtener nuevas recetas o dedicar mucho tiempo a obtener la sustancia son señales de alarma (Clínica Mayo, 2025).

Poner en peligro la propia vida o la de quienes le rodean, experimentar cambios bruscos de humor, aislarse socialmente, abandonar hobbies y actividades de ocio o presentar sintomatología física propia del consumo o de la abstinencia son también señales a tener en cuenta (APA, 2022; Clínica Mayo, 2025).

Si se identifican varias de estas señales, conviene consultar lo antes posible con un profesional de atención primaria, psiquiatría, psicología, una fundación o un recurso especializado en adicciones. En caso de detectar una posible sobredosis, será esencial recurrir a los servicios de urgencias (112) y, si se dispone de naloxona, administrarla para revertir los efectos de la intoxicación (National Institute on Drug Abuse, 2022).

¿Qué puede hacer la familia y el entorno?

La familia y el entorno cercano pueden ser de gran ayuda si comprenden que la adicción a los fármacos opioides constituye un problema de salud tanto física como mental y no solamente una cuestión de fuerza de voluntad (APA, 2022; Manual MSD, 2025). Además, será fundamental informarse sobre el trastorno, ya que entenderlo mejor ayuda a acompañar de forma más adecuada al afectado.

Hablar en momentos tranquilos, expresar la preocupación en primera persona y centrarse en hechos concretos, como cambios en el comportamiento, somnolencia u olvidos, puede facilitar que la persona se plantee pedir ayuda (SERGAS, 2022). Del mismo modo, es importante poner límites a conductas de riesgo, como conducir bajo los efectos del medicamento o mezclarlo con alcohol, y no encubrir las consecuencias del consumo, para no mantener sin querer el problema (SERGAS, 2022).

Los familiares también necesitan momentos de autocuidado. Esto incluye buscar orientación profesional y acudir a grupos para familiares o a espacios de apoyo, ya que puede reducir el desgaste emocional y ayudar a sostener el acompañamiento a medio y largo plazo (SERGAS, 2022; National Institute on Drug Addiction, 2026).

Tratamientos y apoyos disponibles

Para tratar un trastorno por consumo de opioides, existen multitud de recursos, servicios y tratamientos tanto en el ámbito público como privado. El tratamiento es multidisciplinar, por lo que resulta importante la coordinación entre equipos médicos, psicológicos y de intervención social. Además, estos recursos no solo ofrecen tratamiento a los pacientes, sino que también brindan acompañamiento y apoyo a sus familiares. Entre los recursos disponibles se incluyen los siguientes:

Prevención específica

La prevención del consumo de opioides se presenta como un reto prioritario de salud pública, debido a su elevado potencial adictivo y al riesgo de sobredosis (World Health Organization, 2023). A diferencia de otras sustancias, una parte significativa de los casos se origina en el contexto sanitario, a través de la prescripción médica. Esto obliga a desarrollar estrategias preventivas específicas centradas en el sistema de salud (Centers for Disease Control and Prevention, 2025; Dowell, 2022).

Una de las medidas preventivas más eficaces es la prescripción responsable de opioides (Ministerio de Sanidad, 2021). Esta actividad debe incluir por parte del médico una evaluación precoz del riesgo de abuso de sustancias mediante herramientas de cribado como la Opioid Risk Tool (Webster & Webster, 2005; National Institute on Drug Abuse, s.f.); además de una prescripción mínima, es decir, la dosis más baja posible durante el menor tiempo necesario. De esta manera, se reduce el riesgo de desarrollar tolerancia y dependencia (Centers for Disease Control and Prevention, 2022; Dowell, 2022). El seguimiento y la supervisión continuada serán elementos clave en la prevención (Ministerio de Sanidad, 2021). La formación de profesionales sobre el uso problemático de analgésicos opioides y la monitorización del consumo, por ejemplo, mediante los datos arrojados por la Encuesta sobre Alcohol y Otras Drogas en España y los registros de dispensación, ayudan a detectar a tiempo patrones de uso de riesgo y a ofrecer intervenciones tempranas.

En población ya afectada, y dentro de la prevención terciaria, deben introducirse medidas para reducir los daños existentes. En caso de sobredosis, debe facilitarse la disponibilidad de naloxona o antagonistas opioides que permitan revertir rápidamente la intoxicación y evitar consecuencias letales (Centers for Disease Control and Prevention, 2025). Además, la prevención en población afectada incluye el tratamiento integral de la patología y la psicoeducación a familiares (World Health Organization, 2023).

En población general, y como prevención primaria, las estrategias deben enfocarse en la educación específica sobre el riesgo del consumo de opioides. En España, estas acciones se desarrollan en el marco del Plan Nacional sobre Drogas, que promueve intervenciones educativas dirigidas a jóvenes y colectivos vulnerables (Ministerio de Sanidad, 2017).

Referencias bibliográficas

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