Benzodiacepinas

Descripción breve

Las benzodiacepinas son un grupo de medicamentos que actúan sobre el sistema nervioso central y se utilizan con mucha frecuencia en la práctica médica. Tienen efectos ansiolíticos (reducen la ansiedad), hipnóticos (ayudan a dormir), sedantes, anticonvulsivantes y relajantes musculares, por lo que se emplean en problemas como la ansiedad, el insomnio o las crisis epilépticas, así como en algunos procedimientos médicos o psiquiátricos.

Su mecanismo de acción se basa en potenciar la actividad del ácido gamma-aminobutírico (GABA), que es el principal neurotransmisor inhibidor del cerebro. Esto hace que disminuya la actividad neuronal y explica sus efectos calmantes y sedantes (Edinoff et al., 2021; Navarrete et al., 2026).

Entre las más conocidas y prescritas están el diazepam, alprazolam, lorazepam, bromazepam o clonazepam, lo que refleja su uso extendido en distintos países (Roncero et al., 2025).

A pesar de su utilidad, no están exentas de riesgos. Cuando se usan durante usos prolongados o en dosis superiores a las recomendadas, pueden aparecer fenómenos como la tolerancia (necesidad de aumentar la dosis), la dependencia y el síndrome de abstinencia. Por este motivo, las guías clínicas recomiendan que su uso sea limitado en el tiempo y siempre bajo supervisión médica (WHO, 2016; NIDA, 2023; Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023).

Desde el punto de vista farmacocinético, las benzodiacepinas también se pueden clasificar según su vida media de eliminación, es decir, el tiempo que tarda el organismo en eliminar la mitad del fármaco. En función de esto, se distinguen benzodiacepinas de acción corta, intermedia y larga, lo que influye directamente en cuánto duran sus efectos. Esta clasificación no es solo teórica, sino que tiene implicaciones clínicas importantes: las de vida media corta se han asociado a un mayor riesgo de síntomas de abstinencia y dependencia, mientras que las de vida media larga pueden acumularse en el organismo, especialmente en personas mayores (Edinoff et al., 2021; Basińska-Szafrańska, 2022).

Datos de la situación en España

El consumo de benzodiacepinas en España es un tema relevante desde el punto de vista de la salud pública. Los datos del informe EDADES del Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones (OEDA, 2025) y del Observatorio Europeo (EUDA, 2024) sitúan a España entre los países con mayor consumo de este tipo de fármacos en Europa.

Dentro de este grupo, los hipnosedantes (que incluyen las benzodiacepinas) se encuentran entre las sustancias más consumidas en la población adulta, tanto con receta médica como sin ella. Este uso no siempre se ajusta a las recomendaciones clínicas, ya que en muchos casos se prolonga más tiempo del indicado o se utiliza sin supervisión, lo que aumenta el riesgo de dependencia y otros efectos adversos (OEDA, 2025; Roncero et al., 2025).

El consumo es especialmente elevado en mujeres y en personas adultas y mayores, un patrón que se repite de forma consistente en los estudios epidemiológicos. En los últimos años, además, se ha observado un aumento en el uso de medicamentos relacionados con la ansiedad y el insomnio. Este incremento se ha relacionado con el aumento de problemas de salud mental y con factores sociales recientes, como el impacto de la pandemia de COVID-19 (Roncero et al., 2025; EUDA, 2024).

En población joven también se ha detectado un fenómeno preocupante: el uso no médico de benzodiacepinas y de los llamados “Z-drugs”. En España, alrededor del 6,2 % de adolescentes y adultos jóvenes han consumido estos fármacos, y aproximadamente un 1,4 % lo ha hecho sin prescripción médica, siendo más frecuente en mujeres jóvenes (Carrasco-Garrido et al., 2021).

En adolescentes, los datos muestran cifras similares entre población autóctona e inmigrante (2,8 % y 3,3 %, respectivamente), con un aumento progresivo del consumo entre 2006 y 2016 (Carrasco-Garrido et al., 2021).

Dentro de Europa, España también destaca por una mayor prevalencia de uso no médico, con cifras cercanas al 6,5 % a lo largo de la vida, superiores a las de otros países como Alemania, Francia o Reino Unido (Hockenhull et al., 2021). Este elevado consumo no depende solo de factores individuales. También influyen aspectos del sistema sanitario, como la alta presión asistencial, el poco tiempo disponible en consulta o la falta de alternativas no farmacológicas, lo que favorece una prescripción frecuente y, en ocasiones, mantenida más tiempo del recomendado (Roncero et al., 2025; Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023).

Señales de alarma

Aunque las benzodiacepinas son seguras cuando se utilizan correctamente, su uso puede volverse problemático si aparecen determinadas señales de alerta. Entre las más frecuentes se encuentran la necesidad de aumentar la dosis para conseguir el mismo efecto (tolerancia), el uso continuado durante largos periodos de tiempo o la dificultad para reducir o suspender el tratamiento. También pueden aparecer síntomas como somnolencia excesiva, problemas de memoria, dificultades de concentración o deterioro cognitivo (Edinoff et al., 2021; Hertz & Barczak, 2025). Otras señales importantes incluyen el consumo sin prescripción médica o el uso del fármaco como forma habitual de afrontar el malestar emocional o el estrés cotidiano. Este tipo de uso puede indicar una pérdida de control o la persistencia del consumo a pesar de sus consecuencias negativas (Navarrete et al., 2026). Cuando varias de estas señales están presentes, es recomendable realizar una evaluación clínica para descartar un posible trastorno por uso de sedantes, hipnóticos o ansiolíticos, según los criterios diagnósticos actuales (American Psychiatric Association, 2022).

En este contexto, es útil diferenciar entre uso problemático y dependencia. El uso problemático se refiere a un patrón de consumo que ya está generando riesgos o consecuencias negativas, aunque todavía no cumpla criterios diagnósticos. La dependencia, en cambio, implica un cuadro más definido, en el que aparecen fenómenos como tolerancia, síndrome de abstinencia y pérdida de control sobre el consumo (American Psychiatric Association, 2022).

Criterios de adicción

El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR) incluye las benzodiacepinas dentro del trastorno por consumo de sedantes, hipnóticos o ansiolíticos.

El diagnóstico se establece cuando existe un patrón de consumo problemático que provoca malestar o deterioro significativo en la vida de la persona, y se cumplen al menos dos criterios durante un periodo de 12 meses (American Psychiatric Association, 2022).

Entre estos criterios se encuentran situaciones como consumir más cantidad de la prevista, tener dificultades para controlar o reducir el consumo, dedicar mucho tiempo a conseguir o usar la sustancia, o experimentar un deseo intenso de consumir (craving). También se incluyen el incumplimiento de responsabilidades, los problemas sociales derivados del consumo, el abandono de actividades importantes o el uso en situaciones de riesgo.

Además, forman parte del diagnóstico la tolerancia (necesidad de aumentar la dosis) y el síndrome de abstinencia, que aparece al reducir o suspender el consumo (American Psychiatric Association, 2022).

En función del número de criterios presentes, el trastorno puede clasificarse como leve (2–3 criterios), moderado (4–5) o grave (6 o más), lo que permite orientar mejor la intervención y el seguimiento clínico. (American Psychiatric Association, 2022).

Efectos a corto y largo plazo

Efectos a corto plazo

Las benzodiacepinas actúan reduciendo la actividad del sistema nervioso central al potenciar el efecto del GABA, un neurotransmisor que ayuda a “frenar” la actividad cerebral. Esto explica sus efectos calmantes, ansiolíticos y facilitadores del sueño (Edinoff et al., 2021; Roncero et al., 2025).

A corto plazo, los efectos más frecuentes incluyen somnolencia, mareos, dificultades de memoria y concentración, así como lentitud en los movimientos y problemas de coordinación. Todo ello puede afectar a actividades cotidianas como conducir o manejar maquinaria, aumentando el riesgo de accidentes (Edinoff et al., 2021).

En algunos casos también pueden producir desinhibición o cambios en el comportamiento, lo que puede favorecer un menor control sobre el consumo, especialmente cuando se combinan con otras sustancias (Family et al., 2025).

El riesgo aumenta de forma importante cuando se consumen junto con alcohol, opioides u otros depresores del sistema nervioso central, ya que puede producirse depresión respiratoria e incluso sobredosis (NIDA, 2023; Family et al., 2025).

En situaciones de intoxicación, los efectos pueden ir desde somnolencia leve hasta cuadros más graves con deterioro del nivel de conciencia o coma (Navarrete et al., 2026).

Efectos a largo plazo

Cuando el uso se prolonga en el tiempo, pueden aparecer efectos más complejos. Entre los más importantes están la tolerancia (necesidad de aumentar la dosis para notar el mismo efecto) y la dependencia, que se manifiesta cuando aparecen síntomas al intentar reducir o dejar el fármaco, y síndrome de abstinencia, que puede incluir ansiedad, insomnio, irritabilidad o temblores y, en casos graves, convulsiones o delirium, lo que dificulta abandonar el consumo. (Navarrete et al., 2026).

Además, el uso prolongado se ha relacionado con deterioro cognitivo, afectando a la memoria, la atención y la velocidad de procesamiento de la información, efectos que en algunos casos pueden persistir tras dejar el tratamiento (Roncero et al., 2025; Hertz & Barczak, 2025; Edinoff et al., 2021).

También aumenta el riesgo de caídas, fracturas y accidentes, especialmente en personas mayores, debido a la sedación y a la alteración del equilibrio y la coordinación motora (Hertz & Barczak, 2025; Cordovilla-Guardia et al., 2020).

Otros efectos incluyen alteraciones del sueño, empeoramiento del funcionamiento diario y disminución de la calidad de vida —debido al impacto en la autonomía, el rendimiento diario y el bienestar emocional— y aumento del riesgo de accidentes de tráfico (WHO, 2016; Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023; Roncero et al., 2025).

Por otro lado, combinar benzodiacepinas con opioides u otras sustancias que también “ralentizan” el sistema nervioso puede ser especialmente peligroso, ya que aumenta mucho el riesgo de problemas respiratorios graves y sobredosis (Family et al., 2025).

Tabla 1

Efectos del consumo de benzodiacepinas a corto y largo plazo

Tipo de efecto

Corto plazo

Largo plazo

Cognitivos

Somnolencia, disminución de la atención y concentración

Deterioro cognitivo, problemas de memoria

Psicomotores

Lentitud motora, riesgo de caídas

Alteración persistente de la coordinación

Emocionales

Sensación de relajación, reducción de ansiedad

Dependencia emocional, apatía

Fisiológicos

Sedación, fatiga

Tolerancia y síndrome de abstinencia

Conductuales

Disminución de la reactividad

Uso continuado y dificultad para dejar el consumo

Factores de riesgo

El desarrollo de un uso problemático o de dependencia de benzodiacepinas no suele depender de una sola causa, sino de la combinación de distintos factores que interactúan entre sí, haciendo más probable un uso problemático.

Por un lado, influyen aspectos relacionados con el propio fármaco, como utilizarlo durante más tiempo del recomendado, tomar dosis elevadas o emplear benzodiacepinas de vida media corta, que se asocian a un mayor riesgo de dependencia y síntomas de abstinencia (Edinoff et al., 2021; Navarrete et al., 2026).

En el ámbito clínico, la presencia de problemas de salud mental como ansiedad, depresión o insomnio aumenta la probabilidad de mantener el consumo en el tiempo. Además, haber tenido dificultades previas con otras sustancias es un factor especialmente relevante. En este sentido, el policonsumo —por ejemplo, con alcohol u opioides— es uno de los factores de riesgo más consistentes (Hockenhull et al., 2021; Family et al., 2025; Zamboni et al., 2022).

En cuanto a la edad, también hay grupos más vulnerables. Las personas mayores presentan un mayor riesgo debido a cambios en el metabolismo, la toma de varios fármacos a la vez y una mayor sensibilidad a los efectos adversos (EUDA, 2024; Hertz & Barczak, 2025). En población joven, influyen factores como la baja percepción de riesgo, la facilidad de acceso a estos medicamentos o el consumo de otras sustancias (Carrasco-Garrido et al., 2021).

Desde el punto de vista biológico, su potencial adictivo se relaciona con la activación de los circuitos de recompensa del cerebro, lo que favorece que el consumo se repita y se mantenga en el tiempo (Navarrete et al., 2026).

Además, en los últimos años han aparecido benzodiacepinas de diseño en el mercado ilegal, asociadas a efectos impredecibles y a un mayor riesgo de intoxicaciones graves (Brunetti et al., 2021).

Relación con otros problemas de salud mental

Las benzodiacepinas suelen recetarse para problemas como la ansiedad o el insomnio, por lo que muchas personas empiezan a utilizarlas en momentos de especial malestar emocional. A corto plazo pueden producir alivio, sensación de calma o facilitar el sueño, pero cuando el consumo se mantiene durante mucho tiempo pueden dificultar que la persona desarrolle otras formas de manejar lo que le ocurre, favoreciendo una dependencia psicológica del fármaco (WHO, 2016).

Además, el uso prolongado se ha relacionado con un mayor riesgo de desarrollar depresión, dificultades de memoria y concentración o empeoramiento de algunos trastornos de ansiedad, lo que puede afectar negativamente a la evolución general de la salud mental de la persona (Roncero et al., 2025; Hertz & Barczak, 2025).

En muchos casos, el consumo fuera de la prescripción médica aparece como una forma de intentar aliviar emociones difíciles como ansiedad, tristeza, estrés o sensación de desbordamiento. En situaciones de policonsumo, también pueden utilizarse para contrarrestar los efectos de otras sustancias o aliviar síntomas de abstinencia, algo que refleja la estrecha relación entre salud mental y consumo de drogas (Hockenhull et al., 2021; Family et al., 2025).

En pacientes con trastornos mentales, el uso de benzodiacepinas es frecuente y, en muchos casos, prolongado, lo que se asocia a un mayor riesgo de dependencia, peor evolución clínica y aumento de la mortalidad (Roncero et al., 2025).

Desde el punto de vista neurobiológico, las benzodiacepinas influyen en varios sistemas cerebrales implicados en la regulación emocional y sistemas cerebrales relacionados con el alivio y la sensación de bienestar, como el sistema GABAérgico y el dopaminérgico. Esto contribuye a explicar su potencial adictivo y su impacto sobre la salud mental (Navarrete et al., 2026).

Evaluación: cuándo y a quién consultar

Es recomendable consultar con un profesional sanitario cuando el uso de benzodiacepinas se mantiene más tiempo del indicado, cuesta reducir la dosis o dejar la medicación, aparecen efectos secundarios importantes o el consumo empieza a afectar al día a día, las relaciones personales, el trabajo o los estudios.

En España, la primera valoración suele hacerse en atención primaria, desde donde la persona puede ser derivada a salud mental o a recursos especializados en adicciones si la situación lo requiere (OEDA, 2025).

Detectar estas dificultades a tiempo es importante, ya que cuanto más se prolonga el consumo, más difícil suele resultar reducirlo o suspenderlo. Por este motivo, cuando el tratamiento se mantiene durante meses, se recomienda realizar revisiones periódicas para valorar si la medicación sigue siendo necesaria y detectar posibles señales de dependencia o uso inadecuado (Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023).

Durante la evaluación también es importante diferenciar situaciones que pueden parecer similares pero que no significan lo mismo. Por ejemplo, algunas personas vuelven a experimentar los síntomas originales por los que empezaron a tomar la medicación, mientras que otras pueden presentar un “efecto rebote”, es decir, una reaparición temporal e intensa de síntomas como ansiedad o insomnio al reducir la dosis. En otros casos, lo que aparece es un síndrome de abstinencia, relacionado con la adaptación del cuerpo al fármaco. Diferenciar estas situaciones es importante porque cada una requiere un manejo diferente (Navarrete et al., 2026).

Para apoyar esta valoración existen distintos cuestionarios que ayudan a detectar de forma orientativa posibles problemas de dependencia. Entre los más conocidos se encuentran el Bendep-SRQ, el BDEPQ y la SDS.

El Bendep-SRQ es el cuestionario más específico para benzodiacepinas, ya que evalúa aspectos como la preocupación por el consumo, la dificultad para controlar la medicación, el uso problemático o los síntomas de abstinencia. El BDEPQ también presenta buenos indicadores de fiabilidad y validez. Sin embargo, ambos tienen una limitación importante: no son cuestionarios de acceso libre. Por este motivo, la SDS (Severity of Dependence Scale) puede resultar especialmente útil tanto en contextos clínicos como académicos. Es un cuestionario breve, formado por cinco preguntas, fácil de aplicar y de libre acceso, que permite valorar el grado de dependencia psicológica. Aunque no fue diseñado específicamente para benzodiacepinas, diferentes estudios han mostrado buenos resultados en la evaluación de este tipo de consumo.

En este contexto, la SDS se plantea como instrumento principal de evaluación (ver Anexo 1).

Evaluación: entorno familiar

La familia tiene un papel importante en notar cuando el consumo de benzodiacepinas empieza a convertirse en un problema, ya que convive de cerca con la persona y puede observar cambios en su comportamiento y en su día a día.

Algunas señales de alerta frecuentes son tomar este tipo de medicamentos durante mucho tiempo seguido, necesitar cada vez más cantidad para notar los mismos efectos o tener dificultades para dejar de tomarlos. También es común que la persona muestre una preocupación constante por no quedarse sin la medicación. Además, pueden aparecer cambios emocionales o de conducta, problemas de memoria y concentración, cansancio excesivo o somnolencia durante el día.

Además, otros indicadores relevantes son el consumo mantenido a pesar de consecuencias negativas (como caídas o deterioro cognitivo), el deseo intenso de consumo o la combinación con otros depresores del sistema nervioso central (Hertz & Barczak, 2025).

Cuando varias de estas señales están presentes, es recomendable solicitar una evaluación profesional para valorar la posible existencia de un trastorno por uso de sedantes, hipnóticos o ansiolíticos, según los criterios diagnósticos establecidos (American Psychiatric Association, 2022).

Es importante tener en cuenta que este problema puede pasar desapercibido, especialmente en personas mayores, ya que algunos síntomas pueden confundirse con procesos propios del envejecimiento (Hertz & Barczak, 2025).

Tratamientos y apoyos disponibles

El tratamiento de la dependencia de benzodiacepinas requiere un enfoque integral que combine intervenciones médicas y psicológicas, adaptadas a cada persona.

La base del tratamiento es la retirada progresiva del fármaco (tapering), evitando suspensiones bruscas para reducir los síntomas de abstinencia. Este proceso se ajusta de forma individual y suele implicar reducciones graduales de la dosis a lo largo de semanas o meses (Edinoff et al., 2021; Hertz & Barczak, 2025; Navarrete et al., 2026).

En este contexto, la deprescripción supervisada es una herramienta clave, ya que permite reducir el consumo de forma segura y mejorar la calidad de vida del paciente (Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023).

Las intervenciones psicológicas también son fundamentales. La terapia cognitivo-conductual ha demostrado ser especialmente eficaz, y puede complementarse con psicoeducación, entrevista motivacional o técnicas de mindfulness para mejorar la adherencia y el manejo del malestar (Navarrete et al., 2026).

En situaciones más complejas, como casos graves o con comorbilidad con otros trastornos, puede ser necesaria la desintoxicación en un entorno hospitalario. Aunque existen tratamientos farmacológicos de apoyo, actualmente no hay ningún fármaco aprobado específicamente para esta dependencia, por lo que su uso debe individualizarse (NIDA, 2023; Navarrete et al., 2026).

En conjunto, el tratamiento debe ser continuo, individualizado y centrado no solo en la reducción del consumo, sino también en la mejora del bienestar y del funcionamiento global de la persona.

Qué puede hacer la familia y el entorno

El apoyo del entorno cercano es un factor esencial en el proceso de recuperación, ya que puede facilitar la adherencia al tratamiento y mejorar los resultados.

Entre las estrategias más útiles se encuentran mantener una comunicación abierta y sin juicios, animar a la persona a buscar ayuda profesional, fomentar hábitos saludables —como el descanso adecuado o la gestión del estrés— y evitar compartir medicación. Todo ello contribuye a crear un entorno más seguro y favorecedor del cambio (WHO, 2016).

Las personas mayores constituyen un grupo especialmente vulnerable, debido a su mayor sensibilidad a los efectos adversos, como deterioro cognitivo, caídas o fracturas. A pesar de ello, el uso de benzodiacepinas sigue siendo frecuente en esta población, lo que refleja cierta distancia entre la evidencia científica y la práctica clínica (Hertz & Barczak, 2025; Roncero et al., 2025).

Además, en este grupo el trastorno puede estar infradiagnosticado, lo que dificulta su detección y abordaje precoz (Hertz & Barczak, 2025).

Prevención específica

La prevención del uso problemático de benzodiacepinas se basa principalmente en un uso responsable y bien supervisado de estos fármacos.

Entre las medidas más importantes destacan limitar la duración del tratamiento, utilizar la dosis mínima eficaz, informar adecuadamente sobre los riesgos y realizar un seguimiento periódico que permita detectar a tiempo posibles problemas. También es fundamental dar prioridad a alternativas no farmacológicas, especialmente en el tratamiento de la ansiedad y el insomnio (Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023) promoviendo estrategias saludables de afrontamiento de malestar emocional (Carrasco-Garrido et al., 2021).

En este sentido, es clave evitar el uso innecesario de medicación y revisar de forma periódica los tratamientos, reduciendo o retirando aquellos que no estén claramente indicados (Vázquez Canales & Frutos Fernández, 2023).

Por otro lado, es importante desarrollar acciones dirigidas tanto a profesionales como a la población general, como la formación en prescripción racional o campañas de sensibilización que mejoren la percepción del riesgo asociado a estos fármacos (EUDA, 2024; OEDA, 2025; Roncero et al., 2025). Al igual que en población joven, donde las intervenciones deben centrarse en reducir el acceso y aumentar la percepción de riesgo (Carrasco-Garrido et al., 2021).

Asimismo, en contextos de policonsumo, es importante aplicar estrategias de reducción de daños, (entendidas como acciones para consumir de forma más segura y reducir riesgos, como evitar combinar sustancias o controlar las cantidades) para disminuir el riesgo de sobredosis y mejorar el acceso a recursos de atención (Family et al., 2025).

En esta línea, también es importante limitar su uso a situaciones bien justificadas y mantener un seguimiento clínico cercano que permita detectar a tiempo posibles signos de uso inadecuado (Navarrete et al., 2026).

Además, en los últimos años ha surgido un nuevo reto con la aparición de benzodiacepinas de diseño en el mercado ilegal, asociadas a efectos graves, lo que refuerza la necesidad de abordar este problema desde una perspectiva de salud pública (Brunetti et al., 2021; Navarrete et al., 2026).

Recursos en España

En España, las personas con problemas relacionados con el consumo de benzodiacepinas pueden acceder a diferentes recursos dentro del sistema sanitario, organizados de forma progresiva según la complejidad de cada caso.

La atención suele comenzar en atención primaria, desde donde se puede derivar a servicios de salud mental o a centros especializados en adicciones si es necesario. Esta red forma parte del Plan Nacional sobre Drogas y está coordinada por las comunidades autónomas (OEDA, 2025).

Entre los recursos disponibles se incluyen centros de atención primaria, unidades de salud mental, centros ambulatorios de adicciones y comunidades terapéuticas, donde se ofrece evaluación clínica, tratamiento psicológico, seguimiento médico y apoyo social.

Además, existen centros privados especializados que ofrecen programas de tratamiento tanto ambulatorios como residenciales, ampliando las opciones de atención.

La información sobre estos recursos puede consultarse en organismos oficiales como el Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones, el Plan Nacional sobre Drogas o los portales de salud autonómicos, lo que facilita el acceso a la atención y la orientación tanto de pacientes como de sus familias.

Referencias

American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed., text rev.; DSM-5-TR). American Psychiatric Publishing.

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Glosario de términos

Benzodiacepinas. Fármacos depresores del sistema nervioso central utilizados principalmente para tratar la ansiedad, el insomnio y otros trastornos, con potencial de generar dependencia.

Sistema nervioso central (SNC). Conjunto de estructuras formado por el cerebro y la médula espinal, encargado de procesar la información y regular las funciones del organismo.

Ansiolítico. Tipo de fármaco utilizado para reducir la ansiedad.

Sedación. Disminución de la actividad del sistema nervioso central que provoca relajación, somnolencia o reducción del estado de alerta.

Dependencia. Estado en el que el organismo necesita una sustancia para funcionar con normalidad, pudiendo generar malestar en su ausencia.

Dependencia psicológica. Necesidad emocional o mental de consumir una sustancia para aliviar malestar o generar bienestar.

Tolerancia. Proceso por el cual el organismo requiere dosis cada vez mayores para obtener el mismo efecto.

Síndrome de abstinencia. Conjunto de síntomas físicos y psicológicos que aparecen al reducir o interrumpir el consumo tras un uso prolongado.

Uso terapéutico. Consumo de una sustancia bajo prescripción médica y supervisión profesional.

Uso prolongado. Consumo mantenido en el tiempo que incrementa el riesgo de dependencia y efectos adversos.

Uso problemático. Patrón de consumo que genera consecuencias negativas en la salud, el funcionamiento diario o las relaciones sociales.

Cribado. Evaluación inicial mediante instrumentos breves para detectar posibles problemas relacionados con el consumo.

Comorbilidad. Presencia simultánea de dos o más trastornos o enfermedades en una misma persona (por ejemplo, ansiedad y dependencia a benzodiacepinas).

Policonsumo. Uso simultáneo o combinado de varias sustancias psicoactivas.

Deterioro cognitivo. Alteración de funciones mentales como la memoria, la atención o la capacidad de razonamiento.

SDS (Severity of Dependence Scale). Cuestionario breve de 5 ítems que evalúa la severidad de la dependencia psicológica.

Fuentes institucionales

NIDA. Organismo estadounidense dedicado a la investigación sobre el consumo de drogas y sus efectos en la salud.

Observatorio Español de las Drogas y las Adicciones. Organismo encargado de recopilar y analizar datos sobre consumo de sustancias en España.

European Monitoring Centre for Drugs and Drug Addiction. Agencia de la Unión Europea que proporciona información fiable sobre drogas y drogodependencias.

Plan Nacional sobre Drogas. Estrategia estatal orientada a la prevención, tratamiento y reducción de daños asociados al consumo.

Anexos:

Anexo 1. Severity of Dependence Scale (SDS). Adaptación al español.

 

Ítem

Pregunta

Opciones de respuesta

1

¿Alguna vez ha pensado que su consumo de benzodiacepinas está fuera de control?

Nunca (0); A veces (1); A menudo (2); Casi siempre (3)

2

¿Le preocupa la idea de no poder consumir benzodiacepinas?

Nunca (0); A veces (1); A menudo (2); Casi siempre (3)

3

¿Le preocupa su consumo de benzodiacepinas?

Nunca (0); A veces (1); A menudo (2); Casi siempre (3)

4

¿Desearía poder dejar de consumir benzodiacepinas?

Nunca (0); A veces (1); A menudo (2); Casi siempre (3)

5

¿Le resultaría difícil dejar de consumir benzodiacepinas?

Nada difícil (0); Algo difícil (1); Bastante difícil (2); Muy difícil (3)

Nota. La puntuación total oscila entre 0 y 15. Puntuaciones más altas indican mayor nivel de dependencia psicológica. Se trata de un instrumento de cribado y no sustituye una evaluación clínica.